Vidas en conversión


La Iglesia nos propone un tiempo de ayuno, oración y compartir lo que tenemos con los que menos tienen. Un tiempo para hacer silencio y vaciarnos haciendo hueco a Dios, que quiere habitar nuestro interior dotando de sentido nuestro día a día.

Siento la llamada a la continua conversión, “arrancando de mi pecho mi corazón de piedra, poniendo en su lugar un corazón de carne” (Ezequiel 11, 19). Cuando me pusieron la ceniza el pasado miércoles sobre la frente, me dijeron “conviértete y cree en el Evangelio.”

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¿Y qué significa esto en mi vida? Me siento en conversión cuando:

– Cuido mi vínculo con el Padre. Le escucho y no solo me escucho. Cuando entre el ruido y las prisas me atrevo a pararme y hacer silencio. Ser consciente de Su paso por mi vida. Agradecerle y pedirle. Cuando simplemente estoy con Él.

– Me vivo en movimiento. Peregrinando. Explorando nuevo caminos. Buscando más. No conformándome con lo establecido.

– Lo que escucho y veo a mi alrededor, por la calle, en los telediarios y periódicos… me afecta. Cuando me quito el chubasquero y todo aquello no me resbala, sino que me moja hasta llegar a calarme. Cuando de mi interior surge una petición sincera por todas aquellas personas que sufren a causa de injusticias y egoísmos de otras. Cuando de verdad me siento unidos a ellas. Así mudo mi corazón de piedra y lo sustituyo por uno de carne en el que cabe mucho más que lo mío.

– Eso que me afecta y que me hace compadecerme me lleva a movilizarme. Cuando doy cauce a esa rabia y esa pena que me produce ese dolor. No me quedo en la indignación.

Por eso ayunar, orar y compartir lo que tengo con los demás me ayuda a vivir este tiempo (y la vida). Son maneras de cuidar mi relación con Dios y de enlazarme con los demás. Por eso cuando pienso en Cuaresma, me viene a la cabeza una imagen tan bella y tan diferente al desierto de las tentaciones como ésta: un bosque frondoso y lleno de vida siendo de nuevo iluminado por el sol, que al igual que el Señor, ocurra lo que ocurra, falle o acierte, avance o me tropiece, da luz cada mañana, brinda un nuevo día.

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