N. D. y N. T.


Hace unos años escribí esta historia sobre Mamadou, uno de los miles de chicos que ha intentado saltar la valla de Melilla: https://tomateloenserio.com/2016/05/19/por-fin-libre/

Hoy, tras una semana desde que se publicó la sentencia por la que no se condena a España por las prácticas ilegales de las devoluciones en caliente, pienso de nuevo en Mamadou. Y en tantos otros. Mi primera reacción al leer la sentencia fue de una rabia profunda: ¿cómo es posible? Los argumentos del caso no se sostienen jurídicamente. Éticamente, menos aún. Jamás fui capaz de ver entero el vídeo de aquel salto que aportaron como prueba, se me llenaban los ojos de lágrimas. Después de la rabia, vino la tristeza. Tristeza como jarro de agua fría al darme cuenta de que la indiferencia, el odio y el miedo al diferente han venido para quedarse. ¿Qué podemos hacer ante esto?

Muchos días se me repiten muchas imágenes: la de Mamadou en coma en el hospital de Melilla, la de aquel chico encaramado en lo alto de la valla de Melilla escribiendo algo en un papel que jamás nadie leyó, la de Camara e Ibrahim enseñándome sus cicatrices de las heridas que les hicieron las concertinas en el costado y en las piernas, la de aquella mujer que sacaron del salpicadero de un coche en la frontera, la de aquella chica nigeriana de apenas 16 años en Marruecos con los ojos llenos de lágrimas porque creía que estaba embarazada, la de aquella mujer a la que habían obligado a abortar y se estaba desangrando, la de Cissé diciéndome que no le importaba que le quitasen todo menos su móvil porque ahí tenía las fotos de su familia. Otros días me imagino algunas imágenes: travesías por el mar de horas y hasta días, con tormentas o con demasiado sol, sin comida y sin bebida, para alcanzar las costas españolas, o para no alcanzarlas; o me imagino una noche al otro lado de la frontera, en los bosques de Marruecos…creo que no soy consciente de lo que es pasar una noche allí, no sé si puedo decir que me imagino algo así.

Muchas veces, cuando le cuento a algunos amigos africanos el tema de mi tesis doctoral, me miran con cierta gracia, intuyo que piensan que soy una ilusa. ¿Quién mejor que ellos sabe que los derechos humanos no son para todos?

Tengo tantas cosas, me sobran tantas cosas. Tengo oportunidades, suerte de haber nacido aquí, familia, amigos y contactos, un hogar caliente, o un hogar a secas, una ducha, unas calles seguras, libertad para decidir qué hacer con mi vida, un trabajo estable, demasiada ropa y demasiados libros, puedo viajar a donde quiera, cuando quiera y como quiera. Y no he elegido poseer nada de esto porque no he elegido nacer aquí. Sin embargo, cada vez cierro más la puerta de Europa a otros, se la cerramos todos, no sólo los gobernantes o los jueces, se la cerramos todos los que decidimos callar y no hacer nada porque “no hay nada que se pueda hacer”.

 

Entrada escrita por mi amiga Nuria Ferré

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