Archivo del Autor: Álvaro Galera

Demasiados motivos

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Hay muchos motivos para parar hoy (¡no voy a aburriros con datos que hay de sobra!) pero yo, viendo a Cecilia cómo duerme en el día que cumple 5 meses, paro y me manifiesto porque no quiero que ella viva en un mundo donde la maternidad suponga un motivo de desigualdad y discriminación, y que las siguientes situaciones, que le
han pasado a su madre y a sus amigas, no le ocurran nunca:
– Que le pregunten en una entrevista de trabajo cuántos niños quiere tener.
– Que tenga que ocultar su alianza en una entrevista para no proyectar la imagen de “mujer casada y fértil”.
– Que tenga miedo de decir en el trabajo que se ha quedado embarazada.
– Que tenga miedo de volver al trabajo después de una baja por maternidad por si le despiden.
– Que le traten con paternalismo en el trabajo.
– Que le ofrezcan el ascenso a un compañero porque ella ha sido madre.
– Que se cuestione su ascenso por ser mujer.
– Que le pregunten en el trabajo, en la familia e incluso los amigos cómo se va a organizar (en singular) después de tener un bebé.

María del Mar Tagle Rivera

#DiaDeLaMujer

#DemasiadosMotivos

#PararParaCambiarloTodo

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Vidas en conversión

La Iglesia nos propone un tiempo de ayuno, oración y compartir lo que tenemos con los que menos tienen. Un tiempo para hacer silencio y vaciarnos haciendo hueco a Dios, que quiere habitar nuestro interior dotando de sentido nuestro día a día.

Siento la llamada a la continua conversión, “arrancando de mi pecho mi corazón de piedra, poniendo en su lugar un corazón de carne” (Ezequiel 11, 19). Cuando me pusieron la ceniza el pasado miércoles sobre la frente, me dijeron “conviértete y cree en el Evangelio.”

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¿Y qué significa esto en mi vida? Me siento en conversión cuando:

– Cuido mi vínculo con el Padre. Le escucho y no solo me escucho. Cuando entre el ruido y las prisas me atrevo a pararme y hacer silencio. Ser consciente de Su paso por mi vida. Agradecerle y pedirle. Cuando simplemente estoy con Él.

– Me vivo en movimiento. Peregrinando. Explorando nuevo caminos. Buscando más. No conformándome con lo establecido.

– Lo que escucho y veo a mi alrededor, por la calle, en los telediarios y periódicos… me afecta. Cuando me quito el chubasquero y todo aquello no me resbala, sino que me moja hasta llegar a calarme. Cuando de mi interior surge una petición sincera por todas aquellas personas que sufren a causa de injusticias y egoísmos de otras. Cuando de verdad me siento unidos a ellas. Así mudo mi corazón de piedra y lo sustituyo por uno de carne en el que cabe mucho más que lo mío.

– Eso que me afecta y que me hace compadecerme me lleva a movilizarme. Cuando doy cauce a esa rabia y esa pena que me produce ese dolor. No me quedo en la indignación.

Por eso ayunar, orar y compartir lo que tengo con los demás me ayuda a vivir este tiempo (y la vida). Son maneras de cuidar mi relación con Dios y de enlazarme con los demás. Por eso cuando pienso en Cuaresma, me viene a la cabeza una imagen tan bella y tan diferente al desierto de las tentaciones como ésta: un bosque frondoso y lleno de vida siendo de nuevo iluminado por el sol, que al igual que el Señor, ocurra lo que ocurra, falle o acierte, avance o me tropiece, da luz cada mañana, brinda un nuevo día.

APRENDIENDO DE LOS “DESCARTADOS”

El gran Ortega venía a decir que somos lo que somos debido a que nuestras circunstancias son las que son (Cfr. «Yo soy yo y mi circunstancia»; Ortega, 1914). Parece una obviedad, pero encierra una verdad tan profunda y lo hace de un modo tan sencillo que hace inevitablemente evidente la genialidad del filósofo español. Por eso, ahora que se me pide exponer mi experiencia en “Creciendo Juntos-Perú-Selva 2017” se me hace muy difícil hacerlo fuera del ámbito en el que me muevo normalmente: el mundo del aprendizaje. Disfruto día a día debatiendo, investigando, leyendo y haciendo muchas más cosas relativas al mundo del aprendizaje junto al alumnado y a los compañeros de aventura en esto de formar a maestros, los profesores de mi Universidad; por eso, no puedo entender lo vivido  este mes y medio en Perú al margen de esa realidad que acoge la mayor parte de mi tiempo y de mi ser.

Una de las cosas que me apasiona de los procesos de aprendizaje es su carácter dinámico. Aprender no es pasar “de golpe” de la ignorancia a la sabiduría; no es ir del blanco al negro ni viceversa. Aprender supone un continuo transitar entre lo ignoto y lo conocido; entre la torpeza y la competencia; entre la necedad y la sabiduría. Constituye un camino que no termina nunca, que deja al descubierto cada vez más -curiosamente- todo lo que queda por saber, por recorrer, manifestando nuestra práctica ignorancia por más que queramos saber de cualquier tema. Sin embargo, al mismo tiempo -¡y gracias a Dios!- ese tránsito va dejando evidencias que van confirmando que, efectivamente, conocemos determinadas cosas con mayor profundidad, las cuales nos hacen comprender mejor y ser cada vez más competentes con respecto a la realidad que nos rodea y en la que nos hemos de desenvolver. Entenderán entonces mejor ahora por qué, para mí este breve pero intenso viaje de mes y medio por Perú se ha convertido en un “tránsito” a través del cual he ido bien confirmando, bien renovando o bien dejándome sorprender por ciertas conclusiones que podríamos llamar “aprendizajes”:

He aprendido que lo más importante en la vida es amar a otros y dejarse amar por los otros; y que por eso mismo tenía razón el que dijo que “a la tarde te examinarán en el amor”.

He aprendido que las mayores proezas no se consiguen por la grandiosidad de enormes actos, sino por la humildad de pequeñas miradas.

He aprendido que las personas de corazón sencillo están más cerca de Dios y que al acercarme a ellas desde el rebajamiento -no desde la superioridad- a su vez, me acercan a Él.

He aprendido que los puentes se pueden trazar de muchas maneras y

en muchos contextos.

He aprendido que la felicidad es más un asunto de donación que de acopio.

He aprendido que la bondad de ese niño que toda persona lleva dentro tiene sentido siempre y que no hay que perderla nunca.

He aprendido que nos pueden quitar muchas cosas, pero nunca la sonrisa y la esperanza.

He aprendido que quejarme en mi mundo de rico, con mis problemas de rico, suponen un insulto para ese niño capaz de andar dos horas para recoger un plato de arroz blanco, privarse de comerlo, guardarlo cuidadosamente y llevarlo a su familia.

He aprendido que la fidelidad de la Iglesia y de tantas buenas personas comprometidas —y organizadas— que le dan rostro sigue dando grandes frutos, frutos universales que la hacen verdaderamente Católica.

He aprendido que de la austeridad material —y espiritual— puede brotar la abundancia del corazón.

He aprendido que el valor de la familia sigue fuerte allí donde nos creemos “ir de misión” y he confirmado que nuestras sociedades occidentales sobreestimuladas con suficientes necesidades resueltas como para tener tiempo de aburrirse denostan, confunden, relativizan o menosprecian valores esenciales y verdaderos que los países del Sur nos recuerdan.

He aprendido que ser cristiano es un camino de plenitud capitaneado por el mejor líder: Jesús de Nazaret, y comandado por María, esa Madre que siempre está al quite y que, en medio de un contexto donde solo cabría el llanto es capaz de dar pleno sentido, agrandar el corazón y llenarlo de esperanza y agradecimiento a pesar de todo y sobre todo. El sentido profundo de lo vivido, de todo lo que haya podido servir o aportar va mucho más allá de “lo práctico” o de la acción visible. En realidad es una consecuencia de un enamoramiento, de un sí a ese líder que me llama desde lo más profundo del corazón y me pide entrega y generosidad. Lo vivido, de esta manera, trasciende a mera acción social, la foto, el “quedar bien” porque se “está con los pobres”. Supone una llamada, un compromiso preferente con el servicio al pobre y humilde, sí, pero en el pleno reconocimiento de mi propia y absoluta pobreza y de que solo desde la humildad y el abajamiento puedo esperar y construir, esté donde esté. Según esta dinámica, he aprendido que la misión puede estar en cualquier sitio en un mundo que clama.

                                            Miguel Ángel Barbero Barrios

 Acompañante del Proyecto Creciendo Juntos

                                                                                                        Profesor Centro Universitario Sagrada Familia (Úbeda)

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