Archivo del Autor: Álvaro Galera

Yo creo y rezo a un Dios que…

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Querido Mateo,

estoy haciendo Ejercicios Espirituales unos días en una casa preciosa en el campo. Veo las estrellas por la noche, como a tí te gusta. El jesuita Fer nos acaba de proponer que en este rato personal hagamos el siguiente ejercicio: “Para los que tenéis hijos, ¿cómo le contaríais a ellos en qué Dios creéis?” Me ha parecido un ejercicio difícil pero muy bonito. Y he pensado en contártelo a tí. Allá voy.

No hace falta mirar al cielo, pues Dios está entre nosotros, en todas las personas, paisajes y cosas. Descubrirle en el día a día es la manera de ser feliz para un cristiano. Para rezar no hace falta cerrar los ojos, elevarse… “basta con callar y hacer silencio”. Pídele a Dios que te de esa mirada, esa sensibilidad.

Yo creo y rezo a un Dios que perdona, que sana, que libera. Da igual el pecado que cometas, que si te acercas a Él, se lo cuentas y muestras arrepentimiento, Él te abraza, te perdona, te libera, te salva.

Yo creo y rezo a un Dios sencillo, que como Jesús no busca protagonismo, ni honores, ni brillos, ni éxitos.

Yo creo y rezo a un Dios que no cree en los individualismos, que apuesta por lo comunitario, que me dice que la vida es para gastarla y para compartirla, sólo así será “vida en abundancia”.

Yo creo y rezo a un Dios inconformista, luchador, peleón, que muchas veces incomoda… un Dios que necesita que reine la paz y la justicia. Y para ello, nos pide colaboración.

Yo creo y rezo a un Dios que me sobrepasa, cuando creo que lo conozco se ríe y me descuadra, me desmonta, a veces me llega a desesperar…. pero al final, todo cuadra, todo tiene un sentido.

Yo creo y rezo a un Dios alegre, simpático, tierno, celebrativo, que toca la guitarra, baila y canta, que disfruta del arte y de la belleza, que valora y agradece cada oportunidad, que vive la vida como si fuera un regalo.

Yo creo y rezo a un Dios  que me quiere libre. Me seduce, me atrapa, me cautiva, me fascina… pero nunca, nunca me agobia. Me quiere caminando libre. Avanzando. Tampoco me sobreprotege: a veces me desoriento y pierdo, a veces me caigo, Él me deja libre y nunca deja de acompañarme. Lo que él quiere es que esté siempre en camino, siempre libre.

En ese Dios creo, Mateo, a ese Dios rezo. Ojalá que tú encuentres tu propio Dios en el que creer, al que rezar. Ojalá le de tanto sentido a tu vida, como se lo da a la mía.

Te quiero, Mateo,

tu padre.

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Demasiados motivos

8m

Hay muchos motivos para parar hoy (¡no voy a aburriros con datos que hay de sobra!) pero yo, viendo a Cecilia cómo duerme en el día que cumple 5 meses, paro y me manifiesto porque no quiero que ella viva en un mundo donde la maternidad suponga un motivo de desigualdad y discriminación, y que las siguientes situaciones, que le
han pasado a su madre y a sus amigas, no le ocurran nunca:
– Que le pregunten en una entrevista de trabajo cuántos niños quiere tener.
– Que tenga que ocultar su alianza en una entrevista para no proyectar la imagen de “mujer casada y fértil”.
– Que tenga miedo de decir en el trabajo que se ha quedado embarazada.
– Que tenga miedo de volver al trabajo después de una baja por maternidad por si le despiden.
– Que le traten con paternalismo en el trabajo.
– Que le ofrezcan el ascenso a un compañero porque ella ha sido madre.
– Que se cuestione su ascenso por ser mujer.
– Que le pregunten en el trabajo, en la familia e incluso los amigos cómo se va a organizar (en singular) después de tener un bebé.

María del Mar Tagle Rivera

#DiaDeLaMujer

#DemasiadosMotivos

#PararParaCambiarloTodo

Vidas en conversión

La Iglesia nos propone un tiempo de ayuno, oración y compartir lo que tenemos con los que menos tienen. Un tiempo para hacer silencio y vaciarnos haciendo hueco a Dios, que quiere habitar nuestro interior dotando de sentido nuestro día a día.

Siento la llamada a la continua conversión, “arrancando de mi pecho mi corazón de piedra, poniendo en su lugar un corazón de carne” (Ezequiel 11, 19). Cuando me pusieron la ceniza el pasado miércoles sobre la frente, me dijeron “conviértete y cree en el Evangelio.”

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¿Y qué significa esto en mi vida? Me siento en conversión cuando:

– Cuido mi vínculo con el Padre. Le escucho y no solo me escucho. Cuando entre el ruido y las prisas me atrevo a pararme y hacer silencio. Ser consciente de Su paso por mi vida. Agradecerle y pedirle. Cuando simplemente estoy con Él.

– Me vivo en movimiento. Peregrinando. Explorando nuevo caminos. Buscando más. No conformándome con lo establecido.

– Lo que escucho y veo a mi alrededor, por la calle, en los telediarios y periódicos… me afecta. Cuando me quito el chubasquero y todo aquello no me resbala, sino que me moja hasta llegar a calarme. Cuando de mi interior surge una petición sincera por todas aquellas personas que sufren a causa de injusticias y egoísmos de otras. Cuando de verdad me siento unidos a ellas. Así mudo mi corazón de piedra y lo sustituyo por uno de carne en el que cabe mucho más que lo mío.

– Eso que me afecta y que me hace compadecerme me lleva a movilizarme. Cuando doy cauce a esa rabia y esa pena que me produce ese dolor. No me quedo en la indignación.

Por eso ayunar, orar y compartir lo que tengo con los demás me ayuda a vivir este tiempo (y la vida). Son maneras de cuidar mi relación con Dios y de enlazarme con los demás. Por eso cuando pienso en Cuaresma, me viene a la cabeza una imagen tan bella y tan diferente al desierto de las tentaciones como ésta: un bosque frondoso y lleno de vida siendo de nuevo iluminado por el sol, que al igual que el Señor, ocurra lo que ocurra, falle o acierte, avance o me tropiece, da luz cada mañana, brinda un nuevo día.

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