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20-D Votar en conciencia y con coherencia

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No pretendo (tonto sería porque no lo conseguiría) influenciar a nadie. Ni convencer. Ni hacer propaganda a pocas horas de comenzar la jornada de reflexión. Sólo quiero reflexionar en voz alta, y eso se traduce en hundir las teclas de mi ordenador.

Tampoco voy a descalificar a nadie. Estoy muy cansado de la campaña electoral que han planteado los grandes partidos. A mí me han aportado poco, por cierto. No veo renovación en el PP ni el PSOE. Observo lo de siempre, ahora disfrazado de nuevas caras, de originales vídeos, de nuevos formatos de debate, de hastags… Lo nuevo viene pisando con fuerza, metiendo susto a los de siempre y eso me alegra. Pero confieso que, aunque he tenido buena predisposición, no han logrado convencerme. Casi prefería al Podemos varufakiano con el ceño fruncido, puños en alto y cantando a Lluís Llach. No tenían mi voto pero comprendía más ese cabreo contra el sistema que no ese movimiento hacia el centro, hacia la sonrisa, ese deseo de ser la nueva socialdemocracia española. Ciudadanos tiene estilo, un look casi impecable, un líder que aunque no ha sido tan brillante en los momentos más clave de la campaña (los debates) transmite centralidad, claridad, frescura y liderazgo. Me encantaría que fuera el nuevo Adolfo pero tiene el programa más neoliberal de los partidos que quieren gobernar. Y eso no me gusta, me asusta que siempre las soluciones para salir de una crisis pasen por adelgazar lo público y engordar lo privado. Así que pese a tener mi admiración (habéis hecho un favor a esta Democracia apretando a los de siempre y dejándoles claro que o espabilan y nos hacen más caso o les mandáis al banquillo) y por ello os doy las gracias, no contáis con mi voto el domingo.

Con mi voto cuenta Por Un Mundo Más Justo (PUM+J). Es el partido que de verdad apuesta por Los Nadies  (de Galeano). Son personas que de verdad creen que otro mundo es posible y que la política es una herramienta al servicio de la gente y en concreto, es una herramienta para llevar justicia a donde no la hay.

No se les llena la boca con frases hechas que quedan bien. Es gente que lleva ya muchos años trabajando y peleando por un mundo más justo. No sólo lo dicen. Lo hacen. No usan las injusticias y la desesperanza para ganar votos sino que ahora expresan en un programa electoral lo que llevan haciendo muchos años. No es demagogia ni populismo porque precisamente tienen un mensaje tan puro y limpio, tan coherente con sus vidas, tan humilde y discreto que no salen en los medios, que no son carnaza para los shows políticos que están tan de moda.

A esta gente no les has visto detrás de los atriles en los grandes debates, cierto. Eso quizás te haga dudar de su consistencia, de su credibilidad. Pero es que a esta gente sí que les ves en La Cañada Real, en los CIES (pero no haciéndose la foto sino acompañando semana tras semana a las personas encerradas allí dentro), les ves trabajando en ONGs de educación, promoviendo un consumo responsable. Les ves haciendo voluntariado en el Sur con los empobrecidos, haciendo proyectos de cooperación al desarrollo, les ves parando un desahucio injusto, recitando poemas de Casaldáliga, les escuchas en un concierto solidario cantando «Dale la vuelta», te los encuentras en las manifestaciones de las mareas, les ves denunciando la vulneración de derechos humanos en la asquerosa valla de Melilla, acogiendo a familias refugiadas sirias… Les ves dándose a los demás. Y eso sí que es consistente, eso sí que es creíble.

Lo que dicen no son eslóganes, expresan su forma de vivir.

No quiero caer en la trampa del miedo y la desesperanza, no quiero que me hagan creer que votarles es naif o inútil.

Yo sueño, me formo y trabajo para poner un poco de esperanza en este mundo con tantas injusticias que provocan tanto sufrimiento. Y voy a votar en conciencia y con coherencia este domingo cogiendo la papeleta de Por Un Mundo Más Justo.

Hace 3 años conocí a Miguel Ángel Vázquez (candidato a la Presidencia del Gobierno por PUM+J) y tomándome un cerveza con él en un bar de Chamberí me convenció cuando me dijo de una manera sincera, sencilla y apasionada: «Álvaro, yo quiero poder contarle a nuestros hijos que luché por dejarles un mundo más justo del que tuvimos nosotros.»

Y ahora, mirando al pequeño Mateo que acaba de llegar a este mundo roto e injusto, escribo convencido que una manera de dejarles a nuestros hijos un mundo mejor es votar esperanza, es votar a Los Nadies, es votar Por Un Mundo Más Justo.

44 horas en Melilla: KO

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Un solo round de 44 horas para que la realidad te atice y te mande a la lona.

La concertina es un golpe directo con la izquierda. Rápido. Te pilla casi calentando así que no lo ves venir. ¡Zas! Tu cara sangra demasiado pronto. Es sólo un aviso de lo que está por venir.

Ver volar bolas de golf a través de las rejas de la valla y escuchar el sonido del bogey tan cerca del CETI te arrincona en el cuadrilátero. Allí te golpea el hígado una y otra vez. Vas quedándote sin aire. Este combate va a ser corto pero se te va a hacer muy largo.

Quieres seguir, te defiendes como puedes cubriendo con tus antebrazos el tronco que ese bestia está atizando como si fuera su saco de entrenamiento, pero ves una familia siria al completo: padre, madre, un niño, una niña y un bebé en brazos. Ha nacido en un sitio donde malviven 4 veces más personas de las que puede acoger el centro. Te preguntas cómo será un día para ellos. No saben nada. Si llegarán o no a la “tierra prometida”. El puñetazo es tan fuerte que me tengo que recordar a mí mismo que esto es España, el país que critica indignado el trato de Hungría a los refugiados sirios.

Va quedando poco para el final del demoledor combate. De reojo ves el monte Gurugú y las miles de historias de dolor que alberga. Cómo tienes que estar de desesperado para levantarte en mitad de la noche, muerto de frío, bajar la montaña y querer superar una valla cuyas cuchillas van a arrancarte la piel a tiras.

Tu entrenador te anima, te jalea gritándote: “¡Tú puedes!” Y cuando crees que quizás puedas, que moviendo más rápido las piernas y revolviéndote podrás darle la vuelta al combate, se te presenta un niño de 10 años que ya nadie le llama por su nombre porque es un MENA (Menor No Acompañado). Y te cuentan que se habla de él, y de sus 80 compañeros que sobreviven en la ciudad, con un miedo y un desprecio que sientes el brutal impacto del gancho definitivo en toda tu cara.

Y te vas al suelo. Y es muy probable que pudieras volver a levantarte y tratar al menos acariciar con tus guantes el cuerpo de ese cabrón que ha acabado contigo sin despeinarse. Pero de nuevo a tu mente le invade la valla y sus cuchillas, la familia siria, el MENA, el Monte Gurugú, el CETI, el campo de golf… y mientras escuchas al árbitro contar hasta 10 para levantar el brazo del ganador por KO en un solo round, piensas que aunque hay que entrenar mucho, volverás a pelearte con él. Más rápido, más astuto, con más fondo y con un gancho mucho más potente. Se va a enterar.

Sabes que mientras tanto, ese monstruo que ha abusado de ti, las va a pasar canutas con Mercedes, Mª del Mar, Mª Luz, con José y su mujer, con Esteban, con María, con tu amiga Nuria y con tanta gente que no le tiene miedo y que cada día se levanta y trabaja duro, gente que no se achica, que esquivan los derechazos y que saben golpear en el momento más adecuado. Gente ganadora que sabe pelear duro por los derechos humanos de todas esas personas que tanto sufren en Melilla.

Sin Miedo

sin miedo

El 15 de Mayo de 2011, a eso de las 6 de la tarde, en la Puerta del Sol, unos indignados desplegaron esta tela enorme que veis en la foto cubriendo prácticamente todo el famoso edifico Tio Pepe. Allí estábamos muchas personas de todo tipo: jóvenes, jubilados, hippies, modernos, progres, cristianos, ateos, feministas, clásicos, perroflautas, engominados, pijos, chandaleros, universitarios, parados, profesionales… Nos convocaba una indignación común, un clamor contra el la situación de nuestro país: recortes sociales, corrupción política y paro, mucho paro.

Mientras veíamos bajar esta tela coreábamos repetidas veces: «Sin Miedo, Sin Miedo, Sin Miedo…»

Pues este «Sin Miedo» me está acompañando mucho las últimas semanas. Parece que el fin del mundo se acercara, casi escucho las siete trompetas que anuncian el Apocalipsis. Me pregunto si es tan frágil nuestra democracia como para temblar como está temblando con la posibilidad de tener a Ada Colau y Manuela Carmena de alcaldesas de Barcelona y Madrid. ¿Será para tanto? ¿Tendremos un sistema tan endeble que corra el peligro de estallar por un giro político de políticas de derecha a políticas de izquierda?

Hace dos años lo que se criticaba al 15M era su falta de concreción. «¡Qué fácil es protestar!» o «¡De qué sirve indignarse!» fueron frases muy repetidas esas semanas. Resulta que una vez superada la indignación y canalizada esa movilización en un opción política (coalición de partidos de izquierda en ayuntamientos y Podemos en comunidades autónomas) ahora lo que se critica es la radicalidad de la opción. Ya no son cinco gatos soñadores perraflutas. No. Ahora es la tercera opción de los españoles y en muchas ciudades la segunda o incluso la primera. El descontento que movilizó con tanta fuerza el 15M ha provocado un proceso de toma de conciencia y de empoderamiento ciudadano qué sólo podía materializarse aterrizando en las urnas en forma de voto.  Los motivos siguen siendo los mismos que los de hace dos años, principalmente: recortes sociales, corrupción política y paro, mucho paro.

No entro en opinar lo que me gusta o disgusta de este ciclón político. Hay cosas que me ilusionan y otras que me apenan y enfadan. Hoy no toca analizar sus propuestas concretas.

Por lo que hoy quiero romper una lanza es por el respeto a la democracia, a las opciones políticas  legítimas tomadas, al sistema de representación que tenemos (que por cierto, lo idearon quienes lo idearon, así que ahora no vale borrarse y renegar), quiero romperla por los millones de votantes que el pasado domingo eligieron.

El miedo es una estrategia milenaria para paralizar personas y procesos, para boicotear opciones, para embarrar caminos. Es una táctica poco democrática, dictatorial. El miedo ataca en las inseguridades de cada uno. El miedo, en términos ignacianos, lo suele protagonizar el Mal Espíritu. No tiene nada de bueno. Como el granizo, solo daña.

Nos guste o no nos guste, el pueblo ha hablado. Ahora les toca a los políticos ponerse a dialogar y llegar a acuerdos para gobernar. Es el sistema que tenemos, es nuestra ya no tan joven democracia. Si unos han dejado de conseguir tantos votos será por algo. Si otros nuevos han conseguido ganarse la confianza de tanta gente, pues será por algo también. Quizás haya cambio o quizás no. Quizás todo siga igual. Quizás Madrid se convierta en la ciudad más justa del mundo o quizás nos hayan vendido una moto que no arranca. Quizás hay una nueva forma de hacer política o quizás sea la misma escondida en caras nuevas. Quizás nos vayamos a la mierda del todo o quizás descubramos un planteamiento diferente de nuestros gobernantes.

Yo lo único que creo es que debemos dejar hacer y luego podremos juzgar. Que no sean las tertulias, ni los periodistas, ni las portadas de los periódicos los que nos metan miedo y nos hagan creer que hemos firmado nuestra sentencia de muerte. Si no lo hacen bien, a los 4 años no se les vota y se acabó. Sin más tremendismos. Tenemos suficientes herramientas legales para sentirnos protegidos y seguros. El votar no se va a acabar.

Al principio, los cambios (a mejor o a peor, eso ya lo veremos) siempre asustan un poco. Solemos preferir lo malo conocido que lo bueno por conocer. Creo que estamos ante una gran oportunidad para afrontar esto y confiar en la ciudadanía y en la democracia española.

Me viene a la cabeza las primeras palabras de Juan Pablo II en su pontificado. En 1978 y desde el balcón que asoma a la Plaza de San Pedro. Podría haber dicho muchas frases pero se decantó por una tan breve como potente, que pone punto y final a este post. Lo primero que dijo fue «¡NO TENGÁIS MIEDO!».