Archivo de la categoría: ESPIRITUAL

Peregrinando Contigo

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Tropezándome.

Contemplando como se va el sol hasta mañana.

Sintiendo la lluvia en la cara.

Buscando las flechas amarillas.

Escuchando esa canción que me emociona.

Abrazando en el reencuentro.

Equivocándome.

Muriéndome de risa.

Sintiendo cómo el sol tuesta mi cara.

Cantando a coro ese himno de Calamaro.

Llegando a la meta hecho polvo.

Fotografiando ese momento.

Cayendo en la cuenta de lo mal que lo estoy haciendo.

Sacando buena nota.

Dándome cuenta que no llego a todo.

Poniéndome otra copa mientras arreglamos el mundo juntos.

El primer día de curro.

Despidiéndome con la lagrimilla caida.

Estrenando el carnet de conducir.

Dando gracias por la vida que acaba de terminar.

Cazando al vuelo una estrella fugaz.

Observando incrédulo el telediario de la noche.

Llegando al final de la etapa.

Celebrando el gol de la victoria.

Volviendo a empezar.

Notando que el corazón se rompe.

Cumpliendo años.

Queriendo.

Simplemente siendo.

Sintiéndome Hijo Tuyo.

Peregrinando Contigo.

No a una economía de la exclusión

AUTOR: PAPA FRANCISCO, «EXHORTACIÓN APOSTÓLICA: «LA ALEGRÍA DEL EVANGELIO».

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Así como el mandamiento de «no matar» pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir «no a una economía de la exclusión y la inequidad». Esa economía mata. No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida. Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar. Hemos dado inicio a la cultura del «descarte» que, además, se promueve. Ya no se trata simplemente del fenó- meno de la explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está fuera. Los excluidos no son «explotados» sino desechos, « sobrantes ».

En este contexto, algunos todavía defienden las teorías del «derrame», que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mis- mo mayor equidad e inclusión social en el mundo. Esta opinión, que jamás ha sido confirmada por los hechos, expresa una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante. Mientras tanto, los excluidos siguen esperando. Para poder sostener un estilo de vida que excluye a otros, o para poder entusiasmarse con ese ideal egoísta, se ha desarrollado una globalización de la indiferencia. Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe. La cultura del bienestar nos anestesia y perdemos la calma si el mercado ofrece algo que todavía no hemos comprado, mientras todas esas vidas truncadas por falta de posibilidades nos parecen un mero espectáculo que de ninguna manera nos altera.

Este fragmento, forma parte del capítulo segundo («En la crisis del compromiso comunitario») de la exhortación apostólica «La alegría del Evangelio», escrita por el Papa Francisco y publicada en Noviembre del 2013.

¿En qué te puedo ayudar?

Una sola pregunta que al incorporarla en nuestro día a día puede cambiarnos la vida: ¿En qué te puedo ayudar?

Y no digo cambiar el mundo, ni cambiar la vida de los demás… no, no, digo cambiar nuestra vida. No es una varita mágica ni la fórmula del cambio, no sueño con la justicia ni con el fin de la pobreza… sólo hablo de nuestro interior, de nuestro corazón, de nuestra capacidad de dar y de servir.

En el Evangelio del lunes, pudimos contemplar a un ciego esperanzado y humilde que creía en ese joven que pasaba en ese momento por su pueblo Jericó y que la gente decía de él que era el Mesías, el Salvador. Aquel hombre creyó que Jesús le sanaría. Pero para que todo esto ocurriera, ¿qué tuvo que pasar? «Jesús se detuvo y pidió que se acercara, cuando lo tuvo a su lado le preguntó: ¿Qué quieres que haga por ti?«

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¿Y qué pasaría si cuando vemos a esa persona que pide en en la puerta del supermercado donde compramos, le decimos: Me llamo Álvaro, ¿y tú? Oye, ¿te puedo ayudar en algo, te compro algo??

¿Si cuando vemos a alguien en apuros en los tornos del Metro, recordamos a Jesús diciéndole: ¿Quieres que te ayude en algo??

¿Si cuando nos cruzamos con la vecina cargada de bolsas, le proponemos: ¿Te ayudo? No me importa ayudarte a subírtelas a tu casa.

¿Si cuando vemos a un sin techo pidiendo limosna, nos paramos, le miramos a los ojos y amablemente le decimos: Hola, ¿te puedo ayudar en algo? No te puedo dar dinero pero si quieres, puedo comprarte algo de comer o traerte algo de abrigo…

Pasaría que saldríamos del «yoismo» que nos gobierna, pasaría que levantaríamos la cabeza y dejaríamos de ver nuestros zapatos, pasaría que conseguiríamos tratarnos de una manera más humana, más fraterna, pasaría que demostraríamos que da igual de dónde somos, que lo que importa es que somos personas, todos iguales pero con distinta suerte, pasaría que dejaríamos de pensar que lo nuestro es nuestro porque nos lo merecemos y que «el que venga detrás que espabile», pasaría que haríamos una declaración de amor al otro independientemente de quién es, pasaría también que nos empezaríamos a llamar por el nombre y no por lo que hacemos o por lo que tenemos, pasaría que dejaríamos de calificarnos y clasificarnos como inmigrantes, emigrantes, legales, ilegales… PERSONAS, SOMOS PERSONAS.

Preguntarnos ¿En qué te puede ayudar? no forma parte de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, no es nada sofisticado, no nos piden título ni idiomas. Yo diría que es mucho más que eso, es cambiar el chip, es creernos de verdad que todos somos iguales, que todos somos hermanos, que tenemos una responsabilidad con todo el que vive en este mundo. Aportar esta dimensión fraterna del Evangelio en nuestro día a día completará nuestra existencia, nos hará más felices.

¿Lo intentamos?