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44 horas en Melilla: KO

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Un solo round de 44 horas para que la realidad te atice y te mande a la lona.

La concertina es un golpe directo con la izquierda. Rápido. Te pilla casi calentando así que no lo ves venir. ¡Zas! Tu cara sangra demasiado pronto. Es sólo un aviso de lo que está por venir.

Ver volar bolas de golf a través de las rejas de la valla y escuchar el sonido del bogey tan cerca del CETI te arrincona en el cuadrilátero. Allí te golpea el hígado una y otra vez. Vas quedándote sin aire. Este combate va a ser corto pero se te va a hacer muy largo.

Quieres seguir, te defiendes como puedes cubriendo con tus antebrazos el tronco que ese bestia está atizando como si fuera su saco de entrenamiento, pero ves una familia siria al completo: padre, madre, un niño, una niña y un bebé en brazos. Ha nacido en un sitio donde malviven 4 veces más personas de las que puede acoger el centro. Te preguntas cómo será un día para ellos. No saben nada. Si llegarán o no a la “tierra prometida”. El puñetazo es tan fuerte que me tengo que recordar a mí mismo que esto es España, el país que critica indignado el trato de Hungría a los refugiados sirios.

Va quedando poco para el final del demoledor combate. De reojo ves el monte Gurugú y las miles de historias de dolor que alberga. Cómo tienes que estar de desesperado para levantarte en mitad de la noche, muerto de frío, bajar la montaña y querer superar una valla cuyas cuchillas van a arrancarte la piel a tiras.

Tu entrenador te anima, te jalea gritándote: “¡Tú puedes!” Y cuando crees que quizás puedas, que moviendo más rápido las piernas y revolviéndote podrás darle la vuelta al combate, se te presenta un niño de 10 años que ya nadie le llama por su nombre porque es un MENA (Menor No Acompañado). Y te cuentan que se habla de él, y de sus 80 compañeros que sobreviven en la ciudad, con un miedo y un desprecio que sientes el brutal impacto del gancho definitivo en toda tu cara.

Y te vas al suelo. Y es muy probable que pudieras volver a levantarte y tratar al menos acariciar con tus guantes el cuerpo de ese cabrón que ha acabado contigo sin despeinarse. Pero de nuevo a tu mente le invade la valla y sus cuchillas, la familia siria, el MENA, el Monte Gurugú, el CETI, el campo de golf… y mientras escuchas al árbitro contar hasta 10 para levantar el brazo del ganador por KO en un solo round, piensas que aunque hay que entrenar mucho, volverás a pelearte con él. Más rápido, más astuto, con más fondo y con un gancho mucho más potente. Se va a enterar.

Sabes que mientras tanto, ese monstruo que ha abusado de ti, las va a pasar canutas con Mercedes, Mª del Mar, Mª Luz, con José y su mujer, con Esteban, con María, con tu amiga Nuria y con tanta gente que no le tiene miedo y que cada día se levanta y trabaja duro, gente que no se achica, que esquivan los derechazos y que saben golpear en el momento más adecuado. Gente ganadora que sabe pelear duro por los derechos humanos de todas esas personas que tanto sufren en Melilla.

Las sorpresas de Dios

AUTORA: JENNIFER PONCE CORI

Era mi quinta experiencia como “ejercitante espiritual”, y esta vez decidí opté por los ocho días de oración y silencio, apartándome del bullicio limeño, mis actividades profesionales. Detenerme en el camino de la vida, volver a ver el mapa para seguir sobre sus pasos. ¡Grandes frutos y sorpresas! ¡Propuesta radical de seguimiento! El desafío es desear mantenerse y siempre volver a Dios. Después de la Misa de Resurrección, casi al final de la experiencia, había empezado a romper mi silencio interior, porque estaba feliz y solo tenía ganas de bailar, celebrar, ver a mi familia y volver a empezar. En ese momento cobraron sentido estas frases “la palabra se hizo carne”, y también “cambiar el corazón de piedra por un corazón de carne”, es decir, un corazón limpio, un corazón reconciliado, alegre. Había llegado con una agenda establecida para decirle a Dios, pero él siempre nos sorprende, pues no se trata de agendas o cosas que le pidas como si fuera el genio de lámpara. Solo aquí entendí las palabras de Alfredo, mi padrino de confirmación, quien en algún encuentro repentino por la calle me dijo “Dios no te dará lo que quieres, sino lo que necesitas”. Yo no sabía que necesitaba “perdonar, perdonarme, pedir perdón” y “vivir en reconciliación”. Había programado otras cosas para Dios en mis oraciones y quise pasar por alto este tema. Pero él que conoce los cuerpos y espíritus obra, sorprende y nos conduce. Desea orar por el servicio, por mis actividades, por los míos, mi familia nuclear y mi familia extendida en el norte y el sur del país, por mi amor –compañero de camino- y pedir por tantas cosas del futuro. Era lo que yo quería, y así lo hice. Sin embargo, mi encuentro con Dios fue más fuerte, él me condujo y habitó mi corazón. Poco a poco, en estos días, me reveló que lo primero que necesito es perdonar y pedir el perdón. Solo así podré entender, sentir y gustar la misericordia (con corazón) y su latido verdadero en mi corazón. A la luz de mi vida, la oración me trae una nueva palabra: PERDÓN. Y ya no es un perdón “abstracto”. Mi misión más próxima sería pedir perdón a quienes fallé o hice daño; y también perdonar a quienes me fallaron o me dañaron el alma. Solo así sentir ese gozo y liberación de la reconciliación. Y es ahí donde el ejemplo de Jesús y de la Madre Teresa de Calcuta cobra sentido: “la medida del amor es amar sin medida”, y solo en esta experiencia de oración y silencio, después de mucho tiempo “sabiendo” esta afirmación, es cuando puedo empezar a saborearla, sintiendo un deseo de buscar el perdón y perdonar desde y con corazón. Reconciliarme conmigo misma, con mis semejantes y sobre todo con Dios. Reconciliarme con mi historia personal, con mis historias, cerrar capítulos, cicatrizar las heridas. Mi primera misión al salir de aquí y de mi misma es la gracia de la reconciliación. Ese es mi seguimiento a Jesús en su Misión, cuando él dice le dice al hombre rico “deja todo” y luego “ven, y sígueme” (Lc.18, 22) me dice a mí específicamente que ese “dejar todo” en mi vida es dejar de vivir en la muerte del corazón duro, corazón de piedra, o el suplicio del dolor por el pasado, por los hechos pasados, por aquel mal que me hicieron o el mal que causé, por las lamentaciones, las frustraciones dolorosas de los míos, dejar de una vez el llanto “doliente”. Eso no significa “olvidarlos”, pero sí es “despedirse”, “mirarlos con perspectiva”, porque pasaron, ahí estarán. Nunca podré “desaparecerlos”, pero sí podré superarlos y en ese sentido “dejarlos”. No puedo quedarme todo el tiempo en la muerte y el dolor. Y a pesar del tiempo y tantas experiencias pastoral, tanto servicio, tanta solidaridad, tanto “pensar” en Dios, en mí, los míos, los otros, yo siempre fui como el hombre rico, que cumplía todos o casi todos los mandatos de Dios, pero cuando Jesús le dijo  “una cosa te falta: vete, vende todo lo tienes y dáselo a los pobres” (Lc.18, 22-23), el joven entristecido no fue capaz de dejar sus riquezas (quereres y apegos) porque “poseía muchos bienes”. La resonancia de este mensaje en mi vida es que yo convertí mis muertes y dolores en la base de mi “casa” (en sentido metafórico), los convertí en mis bienes y riquezas, porque hacía de ellos mi gran riqueza, y no estaba dispuesta a seguir el llamado de Jesús. Habiendo dejado mis riquezas “dolorosas” puedo seguir a Jesús en la Misión de manera más auténtica, con otro corazón, un corazón realmente habitado y latente del Dios Padre-Madre. Amar y servir desde allí. Esa es la radicalidad y la coherencia de vivir amando a los demás. Y ello sucede primero en el corazón de uno mismo, para comunicar y despertar lo mismo en otras personas. He vuelto a descubrir mi resurrección, y con ello mi deseo de “nacer de nuevo”, comunicando la felicidad de vivir de nuevo, con mi corazón de carne y palabra viva. La invitación de Jesús por amor radical hacia los hermanos (amigos y no amigos) pasa por esa transformación interior y personal. Solo así podremos amar y servir gratuita y verdaderamente. Dice Violeta Parra, cantautora popular chilena “solo el amor con su ciencia nos vuelve tan inocentes… nos aleja dulcemente de rencores y violencia”. Ese es el amor de Dios, un “Dios que baila” para nosotros pidiendo: “misericordia, amor y no sacrificios”.

Ejercicios Espirituales – Semana Santa 2014 Huachipa, Casa de Retiros Villa Kostka – Lima, Perú.

(Autora: Jennifer Ponce Cori, compañera de camino)

Me enganché a La Española

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AUTORA: ROCÍO FAIRÉN

Despierto antes que nadie por culpa de los nervios, el ruido abrumador del ventilador en la habitación todavía desconocida y el sudor contra el cual hacía horas había dejado de luchar. La casa está en silencio y tímida me asomo a la ventana para ver por primera vez la luz de La Española. Ahí está, como lo seguirá estando los posteriores 29 días, Ambeto (Humberto Matos), nuestro vecino y el que a través de largas tardes de conversación, sonrisas y momentos llenos de sofisticada sencillez se convertirá en una de esas personas que me acompañará en el corazón toda la vida. En la misma calle, Juan López, una casa vecina escupe decibelios inmedibles de canciones de Romeo Santos, Juan Luis Guerra y otros muchos que todavía me tocaba descubrir. Intentando que el calor aplastante no me sorprenda, me levanto de la silla mecedora y pienso sin interiorizarlo mucho, “ya estoy aquí, he llegado”.

Vestida y duchada salgo a dar la vuelta a la manzana con ganas de ver y descubrir lo que iba a ser mi casa los próximos días. La gente camina diferente y no te miran igual. Percibo otro ritmo, otro mundo altamente seductor. Las sonrisas abundan y me cruzo con un grupo de adolescentes que, inclinando la cabeza, me regalan un “Saludos”. Así lo dicen ellos, me gusta mucho.  Las calles son anchas, asfaltadas y plagadas de perros callejeros y “motoles” ruidosos con hasta cinco o seis pasajeros. Las casas son dominicanas, no encuentro otra palabra para describirlas y el olor, una mezcla de humo de vehículo y humedad caribeña.

De vuelta a casa tras mi exploración, conozco a Lía, la nieta de Ambeto y a Anita, su mujer, una señora sonriente y con una apacible simpatía que invita constantemente al diálogo. Empiezo a notar que el ambiente tiene un elevado contenido de atractivo del cual corro el riesgo de engancharme. Juan me invita a mi primer jugo de chinola y lo compramos en la casa de enfrente por tan solo 25 pesos. Empiezo a saborear Dominicana. Más tarde comemos nuestro primer arroz con habichuelas en la que se convertiría en nuestra segunda casa, el bar Ibiza “Algo diferente…”. Una Presidente bien fría acompaña el almuerzo mientras comentamos por grupitos nuestras ganas de cruzar la frontera.

Nos reunimos con Alexis en casa antes de ir a Anse-à-Pîtres a conocer a los niños de Ayitimoun Yo. Me interesa escuchar la historia de la ONG desde su punto de vista y sus vivencias. Al igual que Lucía, consigue emocionarme con sus palabras y su dialéctica transmiten una paz interior que me epata. Al terminar siento una pulsión incontrolable de hablar con él horas y hacerle mil preguntas. Noto que puedo aprender mucho tanto a nivel personal como profesional para mi carrera enfocada hacia este mundo. Mi intuición no me falló y con el paso de las semanas descubro poco a poco que es un tesoro de persona.

Nos recogen varios motoconchos para llevarnos a la frontera y pasar al “otro lado”.  A medida que avanzamos por la recta que desemboca en Haití, el paisaje se metamorfosea progresivamente en decadencia. La línea geopolítica que divide en dos las isla caribeña se materializa por una humilde alambrada controlada por unos cuantos Cesfrones que pretenden imponer con sus armas colgadas al hombro y sus miradas poco amigables; muchos blancos juntos. El cauce de un río seco lleno de piedra blancas, basura y ropa abandonada, también se encarga de dividir La Española para que quede claro que República Dominicana no es Haití y que Haití no es República Dominicana. El entorno es gris, hostil y frío a pesar de los casi 40 grados de temperatura. Un puente une las dos realidades. A un lado puedes intuir el azul turquesa de las aguas que baña Les Salines, una zona dónde las familias luchan por sobrevivir gracias a la pesca y los niños aparentan ser felices jugando con un palo y una rueda vieja. Al otro lado, la vegetación dominicana y el secano de Haití se fusionan en un horizonte que parece infinito por la bruma que se crea con la humedad.

Caminamos a paso lento hacia lo que actualmente es la residencia de 46 ángeles que forman Ayitimoun Yo. Percibo otro ritmo, otro ritmo diferente al mío y al de Pedernales, otro ambiente. Las miradas de la gente son distintas, muchas se pierdan en el horizonte, otras transmiten soledad, angustia y dolorosa resignación. Las calles no están asfaltadas y el polvo que se mezcla con basura y pies descalzos invade sin piedad cada rincón. Algún Haitiano, tímido de ver a 18 blancos avanzando como zombies por lo que para ellos es su zona de confort diario, articula un “bonjour”. Los niños menean sus manos con entusiasmo y dan pequeños saltitos mientras gritan con emoción “blan, blan!!”. El trayecto dura unos 15 minutos a pie y no soy capaz de abrir la boca. Mi cabeza sufre un bombardeo de pensamientos e ideas, mi corazón una invasión de sentimientos incontrolables que pisan con fuerza. Mis ojos perciben vidas atrapadas  y cuerpos encarcelados por la historia, el tiempo y una política cuya esencia es la perversión más pura del ser humano. La dureza y hostilidad del entorno no me dan miedo, sé que mi adaptación será inmediata y durante mi estancia corroboraré mi certeza de querer dedicar mi vida a trabajar con seres humanos que viven como los haitianos de Anse-à-Pitres.

Al llegar a casa de los niños (espacio cedido por el colegio del pueblo), tímidos nos vamos acercando los unos a los otros y preguntando sus nombres los cuales era incapaz de recordar al día siguiente. Hay niños de todas las edades y con pasados muy duros pero todos tienen un denominador común del cual ninguno se libra: el amor. Sin necesidad de intercambiar palabra sientes ese amor desinteresado en el ambiente el cual eres incapaz de esquivar. Comen tres veces al día, tienen zapatos, ropa limpia y colchones sobre los que dormir bajo un techo. Son una gran familia preciosa que a pesar de los sufrimientos y situaciones particulares de cada miembro, convive en paz y luchan por su futuro común e individual. Actualmente está en marcha la obra de tres casitas y un edificio principal diseñados y levantados con esfuerzo y paciencia que en el mes de octubre se convertirán en su hogar y propiedad. Entusiasmados los niños acuden con frecuencia al terreno para ver los avances y poner su grano de arena trabajando para levantar su casa.

Los voluntarios de Lo que de verdad importa pasamos con estos niños y otros 200 del pueblo, los 30 días más bonitos de mi vida. Lo que acabo de expresar no es más que el primer día de lo que iba a ser una maratón de potentes sensaciones, esfuerzo, don y momentos irremplazables.

Trabajando con Ayitimoun Yo me he vuelto a poner en contacto con el grado más elevado y puro de la sencillez humana lo que suele ir de la mano con la riqueza del corazón. He conocido a gente maravillosa los cuales cada día, yendo con los ojos bien abiertos, me han dado pequeñas leccioncitas de vida, pequeñas enseñanzas que valen millones.

Gracias a la fundación Lo que de verdad importa por darme la oportunidad de incorporarme al equipo de voluntarios. Gracias a mis compañeros por vuestro trabajo y momentos de risas y diversión. Gracias a todos los valientes que componen Ayitimoun Yo (fundadores, educadores, arquitectos, voluntarios…) ya que me habéis inyectado una ampolla llena de fuerza y vitalidad muy valiosa. Gracias a todas y cada una de las personas que me he cruzado en Pedernales y Anse-à-Pitres porque he descubierto en vuestra isla un rincón único y maravilloso del planeta al que sin duda volveré.

(Autora: Rocío Fairén, compañera del Máster en Cooperación Internacional, fotógrafa y amiga)

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