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El matrimonio es un largo viaje que se recorre con Jesús

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(Invitación de nuestra boda)

«El matrimonio es un largo viaje que dura toda la vida, y necesitan la ayuda de Jesús para caminar juntos”. (Papa Francisco en el Encuentro de Familias en Roma en octubre del 2013).

Somos Mar y Álvaro y nos han pedido que compartamos nuestro testimonio como matrimonio cristiano. Somos un matrimonio joven de 30 años. Vivimos en Madrid y los dos trabajamos. Nos conocimos en una Comunidad de espiritualidad ignaciana donde compartimos nuestra Fe en Grupo y donde nos gusta mucho participar activamente.

Hemos querido empezar el texto con esta cita del Papa porque, para nosotros, el matrimonio es eso, un viaje que recorrer juntos con Jesús. Así es como entendemos el matrimonio y la familia que estamos formando. El día de nuestra boda, arropados por nuestras familias y amigos, nos comprometimos a partirnos el uno con el otro con la ayuda de Jesús, ofreciendo lo que somos, tenemos y hacemos al servicio del Reino. Juntos. Los dos, con Él. Los tres.

Sin embargo, a pesar de que estamos viviendo una primera etapa llena de sueños, ilusiones y un continuo agradecimiento, cuando nos paramos a reflexionar sobre la situación que vive actualmente la familia cristiana en España, nos vienen a la cabeza varias preocupaciones y miedos. El camino, a priori, se presenta cuesta arriba y localizamos muchos obstáculos en él. La sociedad de hoy es muy compleja y parece que no quiere dejar sitio a las familias (cristianas o no). Sin embargo, también notamos que, por lo menos en nuestra generación, existe una ola grande de esperanza y lucha por sacar adelante lo verdaderamente importante. Quizás la llegada del nuevo Papa, la esperanza y la alegría que está transmitiendo, las ganas por cambiar cosas, por derribar muros que antes nos parecían inquebrantables, está logrando contagiar y animar a gran parte de la gran familia cristiana. O quizás sea el Espíritu que, en los momentos más complicados, sopla con más fuerza para renovarnos cada día y cargarnos unas pilas que, en ocasiones, se agotan demasiado rápido.

Queremos comentar las dos principales sombras que vemos en la sociedad de hoy día:

– La primera es EL DIOS DINERO. Todo gira alrededor suyo. Evidentemente, este factor no es sólo una sombra en la familia cristiana, sino que es algo que toca prácticamente a toda la ciudadanía. La sociedad actual tiene un consumo absurdo y sin  freno. Parece que uno no se puede divertir sin gastar. A nuestra generación la llaman en los telediarios y tertulias “la generación más preparada de la historia de España”. Es la misma que tiene más de un 50% de desempleo y los que trabajan, lo hacen de una manera más precaria que hace unos años, con menos derechos laborales y cobrando un 15% de media menos que hace 10 años. Nos han ido transmitiendo la idea de que tenemos que tener de todo y, todavía más, todo lo tenemos que tener asegurado: coche, casa, trabajo… Ese miedo inculcado que nos presiona para tener todo bien atado hace que muchas personas te miren raro cuando dices que te casaste joven, con sueldos sencillos y que te gustaría tener varios hijos. ¿Qué les vas a ofrecer? ¿A qué colegio van a ir? ¿Qué les podrás pagar? Solo se habla de “cantidades de cosas” y no de “calidad humana”. ¿Qué podemos ofrecer como matrimonio a la sociedad? ¿A nuestros hijos? Parece que esos miedos sólo se disipan cuando cuentas con una nómina abultada, cuando pones la confianza en el dinero. Sin embargo, Jesús nos enseña que es en Él en quién debemos poner las fuerzas, que si confiamos lo demás “se nos dará por añadidura”. Es muy complicado que este mensaje cale en la sociedad actual, pero creemos que como matrimonio debemos intentar ser un ejemplo de que se puede vivir de otra manera. Creemos que esta situación de crisis actual ha supuesto para muchos una reflexión profunda acerca de sobre qué pilares queremos construir nuestras familias, nos ha ayudado a caer en la cuenta que la adoración al Dios Dinero a la que nos arrastra la corriente es tan absurda como vacía y que lo único que tenemos asegurado en esta vida es el amor incondicional de Dios, el cual nos conduce a recorrer la vida lo más fraternalmente que podamos: «La verdadera alegría viene de la armonía profunda entre las personas, que todos experimentan en su corazón y que nos hace sentir la belleza de estar juntos, de sostenerse mutuamente en el camino de la vida.» (Papa Francisco en la Misa de clausura del Encuentro de Familias, en Roma).

– La segunda es LA DOBLE MORAL tanto de la clase política como por parte de la clase empresarial española que dice apostar por la familia pero que realmente no la ayuda o incluso la penaliza. Podríamos hacer un listado de los recortes sociales sufridos en este país durante los últimos años, podríamos comparar las ayudas para las familias españolas con las del resto de países de la Unión Europea, podríamos centrarnos en las bajas por maternidad y paternidad y cómo tener un hijo puede costarte tu empleo en la España de hoy, pero creemos que ya se ha publicado mucha información sobre ello. A nosotros nos gustaría señalar dos preocupaciones que vivimos en nuestro día a día en Madrid: vivienda y espacios públicos para las familias. En Europa, el alquiler cuesta un tercio del salario mensual medio. En España, en los pagos mensuales para el alquiler o para la hipoteca, se nos van dos tercios de un sueldo medio. Cada vez es más difícil encontrar, en Madrid, un piso donde quepa una familia a un precio razonable y accesible, esquivando la especulación que nos ha dado fama internacional. Las familias no caben en las casas, pero es que, además, las familias tampoco caben en las ciudades. No hay espacios públicos para ellas. Lo único que se crean son centros comerciales que fomentan el ocio consumista. Nosotros vivimos en Chamberí y hay cuatro colegios a menos de 5 minutos caminando desde nuestra casa. Sólo hay dos pequeñas plazas para que los vecinos nos encontremos, juguemos y nos relacionemos. Éstas están siempre abarrotadas. En todo el barrio no ha habido desde el 2008 un centro deportivo público. Este verano ha abierto el Polideportivo Vallehermoso que aún siendo de gestión privada, se asegura desde el Ayuntamiento que mantendrá los precios que posibiliten a todos los vecinos del barrio hacer deporte. Lo cierto es que las protestas denunciando lo contrario ya han comenzado.

Las familias reclamamos el acceso a una vivienda digna y suficientes espacios públicos para nuestro encuentro, ocio y desarrollo. Pedimos coherencia entre los discursos políticos y empresariales y sus tomas de decisiones.

«Hoy, la familia es despreciada, es maltratada, y lo que se nos pide es reconocer lo bello, auténtico y bueno que es formar una familia, lo indispensable que es esto para la vida del mundo, para el futuro de la humanidad» (Palabras del Papa Francisco dirigidas a los obispos el 20 de febrero del 2014, en un encuentro sobre la familia).

Tenemos el reto de anunciar esta Buena Noticia: lo bello, auténtico y bueno que es formar una familia cristiana. Queremos educar a nuestros hijos en valores transversales y universales y enseñarles que el dinero no es el centro, que todos somos hermanos, que podemos pasarlo muy bien sin tener que consumir constantemente, que la oración es pilar fundamental de la vida, que hay que cuidar el medio ambiente porque es la Tierra que el Señor nos ha regalado, que todo es de todos y que hay que ser responsables y corresponsables con todas las personas de este mundo. Y todo, sin olvidarnos de lo más importante, y es que teniendo a Jesús de compañero de camino, la vida tiene un verdadero y profundo sentido, la vida es un regalo de Dios.

Este mes de octubre arranca el Sínodo sobre las Familias y creemos que es una gran oportunidad para que la Iglesia siga inspirando y dando luz a la gran familia humana que vive en España. ¿Cuáles serían los principales chorros de luz que esperamos del Sínodo? Destacamos tres:

– El primero sería la ACOGIDA. Es un momento precioso para que, como Familia Cristiana Universal, acogiésemos a todos aquellos que quieren formar parte de ella pero que, por diversos motivos, están excluidos. Vivimos un momento de renovación en la Iglesia y creemos que es el mejor momento y lugar para tratar algunos asuntos que, actualmente, hacen sufrir a miles de cristianos por todo el mundo. La excomunión de los divorciados, las parejas del mismo sexo… El mismo Papa Francisco reflexionó en voz alta: “¿Quién soy yo para juzgar?” Creemos que es una gran oportunidad para abrir esta puerta y comenzar, al menos, un tiempo de reflexión, oración, escucha y diálogo que abra los brazos a todas aquellas personas que quieran formar parte de nuestra familia.

– El segundo es potenciar la ORACIÓN EN FAMILIA. Entendiendo que es el centro sobre el que debe girar nuestros días, obligaciones, relaciones, proyectos, alegrías y decepciones. Enseñar a orar en familia. Darnos más espacios, momentos y herramientas. Conseguir que esto no sea una obligación ni un deber, algo que “haya que hacer” sino una verdadera celebración en que los miembros de la familia consiguen descentrarse para situar a Jesús en el lugar adecuado, en medio sus vidas.

– Seguir dando pasos hacia el convencimiento verdadero de que estamos en MISIÓN COMPARTIDA. Puede ser una buena ocasión para reclamar más formación y más protagonismo de las familias cristianas en las parroquias, en las instituciones de la Iglesia. Creemos que si se fomentase más este convencimiento, habrá un compromiso social y pastoral más fuerte de las familias cristianas con la Iglesia. Si nos creemos y de verdad nos sentimos en Misión Compartida, creceremos como Pueblo de Dios.

Terminamos con lo que es para nosotros una idea clave: la familia cristiana debería ser un ejemplo vivo de la alegría del Evangelio. Si soñamos con un mundo mejor, donde nos tratemos con dignidad, respeto y por igual, donde amemos sin juzgar y donde seamos agradecidos con la vida, debemos caer en la cuenta que esto sólo lo podemos lograr con la alegría que nos regala la Fe en Dios para que podamos como familias cristianas “gritar el Evangelio con la vida” (Charles de Foucauld).

Mar Tagle y Álvaro Galera

(Artículo publicado en Razón y Fe en Septiembre del 2014)

Poner rostros, poner nombres

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A finales de julio vi en el cine de verano del Parque Calero con dos amigos la película “Dallas Buyers Club”.

Al prota de la peli (impresiona ver al guaperas de Matthew McConaughey escuálido y degradado, vestido en plan cowboy de los años ochenta), le pasa algo durísimo pero que a la vez es, paradójicamente, lo mejor que le podía pasar a su triste, depravada y rancia vida: Ron contrae el VIH y enferma de SIDA.

Sin querer obviar lo terrible de descubrir una enfermedad letal por aquel entonces en EEUU (años 80) y letal todavía en los países empobrecidos, me quería centrar en todo lo positivo que esta película desprende e inspira. A Ron le cambia la vida la enfermedad. Se la acabará quitando pero hasta que eso ocurra, su vida va a descubrir un sentido que jamás tuvo antes.

A Ron la vida le tiene preparada una sorpresa. Él detesta a los “putos maricones”, a los “sidosos”. Pues de la noche a la mañana se ha convertido en uno de esos “sidosos” y en su nueva vida hace una verdadera amistad con un chico transexual de gran corazón pero terriblemente enganchado a las drogas. Ron pone rostro, pone nombre a eso que antes prejuzgaba cruelmente, a eso que desconocía, a eso que le asustaba, que despreciaba, que no podía comprender… Su nueva amiga bautizada por él como Campanilla, ha pasado de ser un “maricón hijo de puta que habría que extinguir de la Tierra” a ser Rayon. Ella nació mujer encerrada en un cuerpo de hombre. Buscando la felicidad y con millones de trampas propias de la época (marginalidad y drogas) se separó de su familia la cual no toleraba esto y emprendió una nueva vida. Rayon es ante todo una persona. Tiene un gran sentido del humor, es inteligente y provocadora. Se convierte en la mano derecha de Ron. Hacen negocios, comparten penas, alguna alegría y luchan contra su enfermedad y la exclusión que ésta les provoca. Juntos. Como amigos. Sonreí en una escena en la que Ron se encuentra a un amigo de toda la vida y al ver como éste se comporta con Rayon (exactamente igual que como se comportaba él antes de la enfermedad) le defiende como a una hermana con uñas y dientes. Como una hermana. Acabado el prejuicio, puesto el nombre, conocida la persona, bienvenida al cariño, al respeto, a la fraternidad. Me pareció maravilloso. Ron se transforma. Y aunque le cuesta aceptarlo y pone resistencias, la transformación ya no cesa, arrasa con todo. Rayon es Rayon.

Y me vino a la cabeza unas palabras de Sebastián Mora hablando sobre una señora que conoció un día y que hablando sobre la inmigración en España se quejaba de “lo guarros que eran los moros” y al decirle Sebastián que “con su vecino de arriba, que era marroquí, sí que se llevaba muy bien”, ella le contestó “No, ése es Said, no es un moro, es Said. Y nos llevamos muy bien, es un vecino estupendo, me ayuda a cargar la compra y me trae el pan cuando yo no bajo a la calle”. Acabado el prejuicio, puesto el nombre, conocida la persona, bienvenida al cariño, al respeto, a la fraternidad.

Si Ron y esta señora pudieron, seguro que todos podemos también. La fraternidad hay que trabajarla y es muy difícil sentirla si no ponemos rostros, si no ponemos nombres.

Pones el nombre, pones el rostro y la mirada cambia, te transformas. Yo le llamo milagro pero que cada uno le llame como quiera.

Da igual que seas gay, hetero, pijo, macarra, negro, oriental, budista, islamista, cowboy, deportista, merengue, demente, progresista, cosmopolita, de pueblo, viajero, casero, intelectual, nacionalista, centralista, cristiano, judío, currela, conservador, rico por casa… Da igual. Le pones rostro, le pones nombre y todo lo demás pasa a un segundo plano, cobrando protagonismo lo realmente importante, la persona. Tirando a la basura esas etiquetas que llevamos, que nos ponemos continuamente y que tanto nos separan.

Un largo camino por recorrer

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Hace ya 8 años, en junio del 2007, una experiencia inolvidable estaba esperándome al otro lado del charco. Nunca me imaginaría que aquel verano que estaba a punto de comenzar iba a significar y a tranasformar mi vida tanto.

De la mano de Moncho, unos de esos jesuitas que moviliza masas sin perder nunca su sonrisa, llegamos a Lima y una semana más tarde, a Piura. Recuerdo esa llegada como si fuera ayer. Aterrizamos en el pequeño (ya no tanto) aeropuerto de Piura y a la salida de éste allí estaba una mujer que desde ese día se convertiría en un pilar fundamental en mi manera de entender la vida, en mi manera de afrontar mis preocupaciones por este mundo injusto, en mi manera de relacionarme con Dios, en mi manera de proyectar mi vida.

De la mano de esta gran mujer y de su fabuloso equipo (desde Don Héctor hasta Auri, pasando por el Mudo, las jóvenes Mechita, Inés, Erika, Yanina… y más, muchos y muchas más) viví una experiencia llena de entrega, de amor, de luz… Todas esas inquietudes espirituales, sociales, transcendentales que me llevaron ese verano a Piura se subrayaban de repente y se agrandaban, aumentaba su intensidad. Mi vida llena de interrogantes pasaba a estar plagada de ejemplos que me demostraban que “sí se podía”, “que otra manera de vivir era posible”, comprendía qué era eso de “los favoritos de Dios” al visitar La Molina, el CREM, la Tortuga, ASPOV… al escuchar los testimonios de las vidas difíciles (pero que en cambio no le hacían perder la esperanza y la alegría) de tantos jóvenes de Manitos Creciendo, de tantos niños, niñas (y sus familias) del Manitos “del Mercado” (Manitos Trabajando).

Sentí, y hoy día lo sigo viendo así, que el Señor me quiso llevar hasta allí para que viera todo eso. Para que viera tantos ejemplos y testimonios de entrega. Me llevó de la mano, con cariño, sin agobio alguno, me llevó porque quería ayudarme a encontrar respuestas.

Ese verano fui feliz, lo sentí, lo experimenté. Lo fui porque me liberé de muchísimo equipaje con el que viajaba. Lo sentí porque conseguí despreocuprame lo suficiente de mí mismo y pude centrarme en observar el milagro que se estaba produciendo en esa ruidosa, alocada y divertida ciudad. Fui feliz por todas aquelllas maravillosas personas que conocí, por cómo me trataron. Lo experimenté porque me sentí querido, pequeño, “un lápiz en sus manos” que diría la Madre Teresa de Calcuta.

Miro ahora mi vida y localizo claramente este verano como un punto de inflexión en mi vida. Tal acercamiento a los favoritos de Dios a través de un equipo tan maravilloso como el que nos cuidó esos meses no podría tener otras consecuencias.

Más voluntariados, Piuring, el Pozo, Creciendo Juntos, el máster en Cooperación, Entreculturas, Pueblos Unidos, los CIEs y todo el largo camino por delante que nos queda no se entenderían sin esta experiencia en Piura, en Canat, que sin duda marcó un rumbo, indicó un camino, insinuó una senda que ahora, día a día, intento recorrer sin olvidar que sigo yendo de Su mano.

Muchas gracias a Gabi, esa menuda pero enorme mujer que esperaba en el aeropuerto de Piura ese día, muchas gracias por ser ese ángel de la guarda que a veces sin saberlo, me acompaña en el peregrinar de mi vida, ahora de nuestra vida.

Muchas gracias a Canat y a ese maravilloso equipo que lo defendéis y multiplicáis cada día.

Muchas gracias al Padre, que inventa cada día algo nuevo en mi interior y que consigue que saboree la vida como si fuera mis últimas horas por aquí.