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Apuestas

Mirar qué bonita la camiseta del Real Madrid.

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Desde el 2007, Bwin.com, la mayor casa de apuestas deportivas online del mundo, patrocina al Real Madrid de fútbol. Estoy contento porque para la temporada que viene, Fly Emirates ha debido apoquinar un pastizal y es el nuevo espónsor del equipo.

¿Y a mí qué más me da quién patrocina a quién? Os preguntaréis muchos…

Pues la verdad es que no me importa menos que la ocurrencia de Las Vegas Alcorconeras, ver al vecino enganchado a la máquina tragaperras y a la copa día tras día en el bar de al lado, escuchar frases como «Esta vez me toca seguro», «Ésta es la mía», «Un día seré rico…» (¡qué manía con querer ser rico!), «¡Y así no doy un palo al agua en la vida!» (¡tampoco es eso, ¿no?!), ver a niños jugando al mini-bingo o al mini-casino, recordar el testimonio de un «sin techo» que acabó arruinado y en la calle porque le gustaba demasiado el póker…

No me centro en el grave problema mundial de ludopatía.

Me centro en cómo miramos una vez más hacia otro lado porque no nos interesa encararlo. Este negocio mueve mucho, mucho, mucho dinero, más que la mayoría de negocios limpios que imaginemos. Así que nos olvidamos del espíritu crítico que siempre debemos de tener (y que desempolvamos cuando nos da la gana), de nuestro sentimiento y pertenencia a una comunidad de personas por lo que nos debería de preocupar ver gente enganchada al alcohol, a la droga o al juego, por ejemplo.

El Real Madrid es una referencia mundial, presume de tener valores y principios que los transmite no sólo a sus seguidores sino a todos los aficionados al deporte. El Real Madrid no debería de tener cualquier espónsor. Esa camiseta oficial la compran, regalan y visten millones de personas de todo el mundo. Muchos son niños. Creo que es un error tremendo potenciar algo tan nocivo y peligroso como el juego y las apuestas online desde una marca tan potente (una de las cinco marcas más conocidas del mundo peleando con Coca-Cola y Nike).

Ver a un deportista de élite conocido en todas las partes del mundo como Cristiano Ronaldo anunciando permanentemente a una empresa que se dedica a esto me da náuseas. Los aficionados al deporte no nos cansamos de defenderlo y potenciarlo porque es una manera muy eficaz de transmitir muchos y muy buenos valores. Pero, ¿cómo vamos a seguir manteniendo esta postura si lo que transmitimos es que apostar dinero mola un montón?

Si para fichar a galácticos tenemos que potenciar la ludopatía, prefiero tirar de la cantera.

Lo dice un merengón.

Y esto no va sólo por el Real Madrid, va por locutores como Maldini, Carreño y Lama que anuncian lo mismo pero de otra empresa. Va por el Atlético de Madrid, que el año que viene lucirá también esta estupenda publicidad. Por el Sevilla, por la Liga, por la Premier… Es una plaga.

Sé que hay crisis, sé que ellos tienen dinero pero también sé de dónde lo sacan. Y lo de siempre: no vale todo.

Viajar a los márgenes para volver al centro (3ª parte)

AUTOR: JOSÉ MARÍA RODRIGUEZ OLAIZOLA SJ

Volver al centro

Aunque algo ha ido apareciendo en los párrafos anteriores, quisiera recoger más sistemáticamente lo que tiene que ver con ese centro. Vaya por delante que la misma idea de hablar de márgenes y centro puede estar teñida de ideología. Habrá quien piense: ¿por qué es más centro Madrid que el Ixcán guatemalteco, o Barcelona que Lima? No pretendo hablar en términos socio-económicos. En realidad, centro y márgenes, en un mundo global, son conceptos muy relativos. Digamos que, en este caso, pienso que el centro es donde uno vive, y los márgenes ese espacio donde se encuentra con lo distinto, lo no familiar y –en el sentido de marginal– lo excluido de las esferas de bienestar.

Pues bien, el viaje, tal y como lo hemos descrito aquí, termina volviendo al centro, a casa. ¿Qué se puede esperar de ese retorno? ¿Y qué habría que evitar?

Creo que lo que hay que esperar es que el viaje no termine, sino que sea un punto de partida o una etapa significativa en el camino de cada persona hacia el prójimo.

Las conclusiones habrán de sacarse a la vuelta. Uno tiene que preguntarse: «¿Y ahora qué?». Es importante evitar las grandes formulaciones, las narraciones heroicas de lo vivido, el excesivo protagonismo. Los verdaderos protagonistas y héroes en esta historia –ojalá– son otros. También tiene un punto de infantil la excesiva crítica de lo propio y la mitificación de «lo otro». Es necesario pensar mucho en lo vivido, en lo encontrado, en lo aprendido. Quizá, más que respuestas, en estos viajes uno ha de encontrar muchas preguntas.

Es cierto que el tiempo pone distancia, pero, como ya hemos señalado, es esencial que no ponga olvido. El «viaje» ha de extenderse hacia el presente y, en forma de proyectos, hacia el futuro. A veces, uno podrá mantener el contacto con aquellos que ha encontrado. Otras veces no. Pero lo que es importante es que la realidad de aquellas vidas lejanas haya pasado a formar parte de la propia sensibilidad, sus heridas escuezan un poco en carne propia, y sus alegrías y triunfos nos llenen de ilusión. Es importante que el encuentro ayude a reordenar los propios horizontes, creencias y valores. Es esencial haber echado un poco de raíz en los márgenes, incluso si uno vuelve a casa.

Conclusión

Ahí queda la pregunta:

interrogante¿Es posible vivir así este tipo de viajes? ¿Es posible que dejen una huella fértil y viva? ¿Es posible que desencadenen dinámicas personales nuevas en quienes viajan y regresan al hogar? ¿Pueden ayudar a difuminar de algún modo las fronteras entre centros y márgenes? ¿Es posible que sean ocasión para tender puentes firmes en este mundo, a veces fracturado? ¿Y es posible que ayuden a alumbrar modelos de fraternidad, a sanar alguna que otra herida y a intuir nuevas formas de encuentro?

Si hay que dar una respuesta, diría que sí, que todo eso es posible. Y es deseable. No es el único camino, pero es un camino posible para humanizar las vidas y encarnar la fe. Con toda la dificultad de concreción de estos deseos. Con la humildad de saber que las realizaciones concretas siempre parecen insuficientes, minúsculas.

Es un camino que está sujeto, como tantas experiencias cotidianas, a ambigüedades y trampas que habrá que intentar evitar. Pero, sobre todo, es la oportunidad para transformar las miradas y los gestos de quien se atreve a salir de los horizontes conocidos. Son muchos los encuentros que han sido fecundos para quien viaja y para quien le acoge. Son muchas las personas cuyas vidas han ganado en seriedad, en hondura, en compasión y en alegría auténtica al hacer ese recorrido. Son muchas las gentes que, en contacto con vidas e historias distintas y reales, han comprendido mejor sus propias vidas y su responsabilidad. Y son muchos los jóvenes que han aprendido a creer de un modo diferente al encontrarse de veras con ese prójimo lejano, si acaso consiguen descubrirle verdaderamente próximo. Por todo eso, algunas veces, merece la pena intentarlo.

Viajar a los márgenes para volver al centro (1ª parte)

AUTOR: JOSÉ MARÍA RODRIGUEZ OLAIZOLA SJ

 

«No basta con hacer viajes de vez en cuando a las fronteras, llevar una donación, hacer un reportaje impactante y lanzarlo al torrente mediático que se expande por el mundo entero. Ni siquiera es suficiente permanecer por algún tiempo. Es necesario echar raíces hondas en las realidades fronterizas para estar sólidamente arraigados, para pertenecer a ese mundo, para ser de ahí.

(Benjamín González Buelta, Tiempo de crear, p. 19)

Un joven universitario, digamos que el año en que hace cuarto de carrera, decide pasar el verano en un país distinto, colaborando con una ONGD o en una institución vinculada a una congregación religiosa con la que tiene contacto. Ofrece uno o dos meses de su tiempo y se marcha, a veces atravesando un océano, para pasar una temporada «ayudando». Supone para él la oportunidad de conocer otra realidad, abrir los ojos a la situación de otras personas, empaparse de otra cultura…; y además lo hace dando lo que puede: tiempo, trabajo y dinero –pues normalmente la experiencia le sale por un buen pellizco. A la vuelta tendrá mucho que contar.

La situación descrita no es una fábula literaria, sino algo bastante habitual en contextos pastorales cristianos. Encontramos gente que durante el verano va a cooperar en escuelas, en aldeas, en parroquias, en centros de salud, dando clases, catequesis, talleres…Y es un tipo de experiencia que suscita interesantes debates, que van desde posiciones matizadas hasta enfrentamientos enconados.

Hay muchas personas que consideran este tipo de experiencia –que en algún momento más adelante llamaré viaje solidario– como una oportunidad única, enriquecedora y que hace mucho bien a quienes pasan por ella. En este caso, se considera que la apertura de horizontes, la mirada cara a cara –y no a través de un televisor–, la inmersión, aunque sea breve, en espacios donde la pobreza es muy real, todo eso remueve a las personas, les aporta una perspectiva que difícilmente se adquiere en las sociedades de la abundancia y les puede hacer replantearse con más seriedad su vida, sus opciones y deseos. Evidentemente, hay que cumplir unas condiciones básicas. No vale cualquier cosa en este tipo de presencias.

En el otro extremo, hay quien considera que este tipo de actividades tienen un peligroso tufo a turismo social; que el desembolso que implican es contradictorio con el fin que se pretende –un gasto que, empleado de otro modo, permitiría aliviar la situación de muchas personas–. En estos casos se teme que, en realidad, lo que se esté haciendo sea «jugar» a la cooperación, casi como otra forma de consumo, en este caso de experiencias, y que además sólo está al alcance de carteras abultadas. Poco menos que una versión global y postmoderna de aquello de la película Plácido, de Berlanga: «siente un pobre a su mesa». Ahora sería algo así como ir a ver la realidad atravesada de muchas vidas, antes de volver al confort del propio contexto y empezar a olvidar lo vivido, eso sí, hermosamente vestidos con chaquetas guatemaltecas o ponchos a lo Rigoberta Menchú.

Ambos extremos pueden darse. Hay, entonces, promotores entusiastas y detractores más o menos ácidos de este tipo de actividades. Pero, como ocurre con tantas otras facetas de la vida, la realidad no es blanca ni negra, y entre los extremos hay muchos matices y puntos intermedios. Con este artículo no pretendo posicionarme definitivamente, entre otras cosas porque tengo la sensación de que este tipo de experiencias pueden ser positivas en ocasiones, y tremendamente ambiguas y, por tanto, rechazables en otras. Quisiera, más bien, ofrecer argumentos para el diálogo –y no para la confrontación…– para tratar de que quienes defienden a capa y espada este tipo de actividades puedan también desenmascarar las inconsistencias y peligros de hacerlo de manera acrítica. Y para que todos aquellos que, por definición, se expresan «en contra de» este tipo de actividades puedan reflexionar sobre aquellas razones que pueden legitimarlas en determinadas ocasiones.

¿Un viaje para dar o para recibir?

Vaya por delante una consideración. Hay quien se plantea estos viajes como «una ocasión de ayudar». Piensa, o propone, dedicar un mes o dos para ayudar en tal o cual contexto. Pregunta si a las personas que trabajan allí no les vendría bien un maestro, una médico, un arquitecto o una ingeniera agrónoma… En realidad, para poder ayudar de verdad, en la mayoría de los casos hace falta más tiempo. Muchas instituciones sólo acogen a gente que va al menos por un año, o a gente que se compromete con un proyecto con regularidad o con la promesa de cierta periodicidad. Es comprensible. Se tarda un tiempo en aprender, en hacerse un lugar, en pasar, de ser alguien a quien hay que llevar a todas partes, a ser alguien que puede colaborar a fondo.

Es decir, no quiero minimizar la posible ayuda que se da. Pero creo que es de justicia reconocer que quien va en esas condiciones va, sobre todo, a aprender. Y que muchas veces quien les acoge hace un esfuerzo, y lo hace desde el deseo de ayudarles a abrir los ojos. Por eso en las próximas páginas incidiré mucho más en la reflexión sobre ese aprendizaje de quien va, para no mitificar una colaboración que, en una primera etapa, es necesariamente muy pequeña.

Dicho esto, ¿por qué viajar así?; ¿por qué lanzarse?; ¿por qué salir?

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Es necesario salir de los límites conocidos

Vivimos en mundos-burbuja. Es difícil salir del terreno conocido. Todo parece conspirar para que las personas se mantengan dentro de unos límites políticamente correctos. Bajo la etiqueta de «transgresor», «alternativo», «diferente»… se enmascara hoy un convencionalismo quizá más divertido que el de antaño, pero igualmente constrictor. La cultura del bienestar nos envuelve en dinámicas que entretienen, pero también empobrecen el horizonte. ¿Qué es hoy verdaderamente transgresor, diferente, o alternativo? Ciertamente, no las conductas de riesgo o las vestimentas pintorescas. No las conductas sexuales o determinadas opciones estéticas.

¿Qué es hoy pensar por uno mismo? ¿Qué es salirse de los cánones? ¿Qué es remar contra corriente? Está difícil encontrar algo que suene verdaderamente distinto. Hasta la libertad termina siendo un eslogan para vender camisetas.

Es útil pensar en esto sin dramatizar ni exagerar. No todo en la vida puede ser diferente, nuevo, rompedor. Pero existe el peligro de que todo en la vida sea convencional. Uno puede construirse una vida encapsulada en espacios hechos de hábito y seguridad, de personas semejantes a uno mismo y situaciones estables. Todos podemos terminar estableciendo fronteras vitales y sociales impermeables a lo distinto. Si eso ocurre, terminamos teniendo perspectivas chatas, miradas incompletas y, probablemente, ignorancia acerca de un mundo amplio, complejo y lleno de matices. ¿Se ve lo que es diferente? Sí, pero sólo como noticia, con la mirada del espectador que sabe de «cosas que pasan», pero ni siente ni padece por ello, porque al apagar el televisor la única realidad que queda es la de mi aquí y ahora. El espectador tiene muy difícil sentir.

Esto no es culpa de quien no ha conocido otra cosa. Puede ocurrir en infinidad de ámbitos. En lo más personal, uno puede anclarse en tres o cuatro seguridades que le permiten vivir sin salir de terrenos conocidos. También las instituciones de las que uno forma parte pueden reproducir esa óptica, y entonces los problemas y oportunidades propias parecen lo único importante en el mundo.

En la película El Show de Truman, la escena final tiene una fuerza poderosa. Truman Burbank, hasta el momento recluido en un mundo con límites bien definidos, llega abruptamente al final del horizonte conocido. Su barco se estrella contra una pared pintada como un cielo. Y descubre una puerta. Una fractura en ese mundo ideal y perfecto, que le revela que hay algo más allá. Un agujero que se abre a una parte del mundo que no conoce, donde quizá la vida es más compleja, las amenazas más reales, y las historias más auténticas. El creador del mundo ideal en el que vive le insta a quedarse, a no salir a la intemperie. Pero Truman atraviesa el umbral de esa puerta. ¿Fin o principio? Los escépticos dirían que Truman, una vez visto el vecindario, volverá a entrar y a cerrar la puerta por dentro, después de descubrir que el mundo de fuera es desapacible. Los optimistas pensarán que tras salir al mundo real ya no hay marcha atrás hacia la burbuja.

¿Cuál es el problema de este mundo-burbuja? Si uno está tranquilo, cómodamente instalado en sus seguridades, rodeado de un universo familiar y no amenazante, ¿por qué poner objeciones? Después de todo, no es un mundo irreal. Es tan real como otros muchos ámbitos. Sólo que limitado. Pero limitadas son, al fin y al cabo, todas las perspectivas. En todo caso, es una parte pequeña de la realidad. Pero nadie puede abarcarlo todo. Entonces, ¿por qué este afán por romper la burbuja?

Primero, por humanidad básica. La mayoría de los seres humanos no pueden vivir en islas de bienestar. Pensar en sociedades encerradas en sí mismas mientras otras agonizan, resulta, cuando menos, provocador. Tenemos cierta responsabilidad común.

Segundo, por fe. Al menos para los creyentes, hay una llamada real a mirar al mundo en sus fracturas y sus posibilidades, desde la conciencia de una fraternidad amplia y la necesidad de una salvación que, sin esperanza concreta, termina siendo evasión.