Archivo del Autor: Álvaro Galera

No a una economía de la exclusión

AUTOR: PAPA FRANCISCO, «EXHORTACIÓN APOSTÓLICA: «LA ALEGRÍA DEL EVANGELIO».

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Así como el mandamiento de «no matar» pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir «no a una economía de la exclusión y la inequidad». Esa economía mata. No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida. Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar. Hemos dado inicio a la cultura del «descarte» que, además, se promueve. Ya no se trata simplemente del fenó- meno de la explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está fuera. Los excluidos no son «explotados» sino desechos, « sobrantes ».

En este contexto, algunos todavía defienden las teorías del «derrame», que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mis- mo mayor equidad e inclusión social en el mundo. Esta opinión, que jamás ha sido confirmada por los hechos, expresa una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante. Mientras tanto, los excluidos siguen esperando. Para poder sostener un estilo de vida que excluye a otros, o para poder entusiasmarse con ese ideal egoísta, se ha desarrollado una globalización de la indiferencia. Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe. La cultura del bienestar nos anestesia y perdemos la calma si el mercado ofrece algo que todavía no hemos comprado, mientras todas esas vidas truncadas por falta de posibilidades nos parecen un mero espectáculo que de ninguna manera nos altera.

Este fragmento, forma parte del capítulo segundo («En la crisis del compromiso comunitario») de la exhortación apostólica «La alegría del Evangelio», escrita por el Papa Francisco y publicada en Noviembre del 2013.

¿En qué te puedo ayudar?

Una sola pregunta que al incorporarla en nuestro día a día puede cambiarnos la vida: ¿En qué te puedo ayudar?

Y no digo cambiar el mundo, ni cambiar la vida de los demás… no, no, digo cambiar nuestra vida. No es una varita mágica ni la fórmula del cambio, no sueño con la justicia ni con el fin de la pobreza… sólo hablo de nuestro interior, de nuestro corazón, de nuestra capacidad de dar y de servir.

En el Evangelio del lunes, pudimos contemplar a un ciego esperanzado y humilde que creía en ese joven que pasaba en ese momento por su pueblo Jericó y que la gente decía de él que era el Mesías, el Salvador. Aquel hombre creyó que Jesús le sanaría. Pero para que todo esto ocurriera, ¿qué tuvo que pasar? «Jesús se detuvo y pidió que se acercara, cuando lo tuvo a su lado le preguntó: ¿Qué quieres que haga por ti?«

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¿Y qué pasaría si cuando vemos a esa persona que pide en en la puerta del supermercado donde compramos, le decimos: Me llamo Álvaro, ¿y tú? Oye, ¿te puedo ayudar en algo, te compro algo??

¿Si cuando vemos a alguien en apuros en los tornos del Metro, recordamos a Jesús diciéndole: ¿Quieres que te ayude en algo??

¿Si cuando nos cruzamos con la vecina cargada de bolsas, le proponemos: ¿Te ayudo? No me importa ayudarte a subírtelas a tu casa.

¿Si cuando vemos a un sin techo pidiendo limosna, nos paramos, le miramos a los ojos y amablemente le decimos: Hola, ¿te puedo ayudar en algo? No te puedo dar dinero pero si quieres, puedo comprarte algo de comer o traerte algo de abrigo…

Pasaría que saldríamos del «yoismo» que nos gobierna, pasaría que levantaríamos la cabeza y dejaríamos de ver nuestros zapatos, pasaría que conseguiríamos tratarnos de una manera más humana, más fraterna, pasaría que demostraríamos que da igual de dónde somos, que lo que importa es que somos personas, todos iguales pero con distinta suerte, pasaría que dejaríamos de pensar que lo nuestro es nuestro porque nos lo merecemos y que «el que venga detrás que espabile», pasaría que haríamos una declaración de amor al otro independientemente de quién es, pasaría también que nos empezaríamos a llamar por el nombre y no por lo que hacemos o por lo que tenemos, pasaría que dejaríamos de calificarnos y clasificarnos como inmigrantes, emigrantes, legales, ilegales… PERSONAS, SOMOS PERSONAS.

Preguntarnos ¿En qué te puede ayudar? no forma parte de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, no es nada sofisticado, no nos piden título ni idiomas. Yo diría que es mucho más que eso, es cambiar el chip, es creernos de verdad que todos somos iguales, que todos somos hermanos, que tenemos una responsabilidad con todo el que vive en este mundo. Aportar esta dimensión fraterna del Evangelio en nuestro día a día completará nuestra existencia, nos hará más felices.

¿Lo intentamos?

Doctrina Parot, Estrasburgo y Política

Llevo ya muchos días intentando escribir sobre todo lo que está ocurriendo en nuestro país con la Sentencia del Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo acerca de la condena aplicada a la etarra Inés del Río y no me ha sido posible. Son muchas cosas las que me han bloqueado: falta de información objetiva, mezcla de sentimientos y exceso de opiniones, declaraciones y debates que la clase política con la siempre fiel ayuda de los medios de comunicación ha emitido diariamente todos estos días. Ayer, después de la brillante clase que tuvimos en el Máster en la que salió este tema, decidí sentarme, arremangarme y evitar todo lo posible la subjetividad que me inunda en este asunto para  intentar explicar brevemente qué es todo esto. Perdonar si me equivoco, si no soy todo lo preciso que debería o si simplifico pero no es fácil resumir en un artículo más o menos breve todo este jaleo. Allá voy.

Para entender bien esto es indispensable hacer un repaso breve por dos Principios y dos Códigos Penales fundamentales en nuestro país:

Principio de reinserción social de nuestro Código Penal, es decir, el fin de la cárcel no es sólo castigar y apartar de la sociedad al que comete un delito, es también conseguir (a veces se logra y a veces no) su reinserción social: que ese individuo cuando salga de la cárcel sea capaz de convivir pacíficamente en nuestra sociedad.

Principio de irretroactividad de las penas, es decir, a los que comenten delitos se les castiga con las penas existentes en ese momento y no se les podrán nunca aplicar penas posteriores.

Códigos Penales de 1973 y de 1995. El Código Penal de 1973 (franquista), daba al preso la posibilidad de pedir una reducción de condena (los llamados beneficios penitenciarios) de hasta 10 años. Como nuestra condena máxima es de 40 años de cárcel, un preso podía reducir la pena de 40 a 30 años de cárcel por una serie de comportamientos como por ejemplo, estudiar una carrera.

En mi opinión, esta reducción de condena tenía sentido en tiempos de Franco, donde había presos políticos e ideológicos. Cuando comienza nuestra Democracia y ya no existen ese tipo de presos, creo que deja de tener sentido (al menos, aplicarlo siempre y a todo tipo de presos).

Una de las reformas del Código Penal de 1995 es que a partir de ese momento, ciertos delitos (como los de terrorismo o agresiones sexuales) no van a tener esa reducción de la pena (esto tiene matices pero creo que entrar en ellos nos complican entenderlo bien, esta idea es la principal). No van a salir antes de tiempo por haber estudiado una carrera o haberse portado bien.

Pasan 18 años para que se evite que presos que no se han reinsertado aún y que han cometido verdaderas salvajadas, salgan a la calle como si prácticamente nada hubiera pasado. 18 años en los que los gobiernos de Adolfo Suárez y Felipe González no son capaces de plantear esta reforma. ¿Tenían otras prioridades? ¿Miedo? ¿Intereses alejados del bien común de los españoles?

LA DOCTRINA PAROT

¿Qué es? Es el nombre de pila que se le puso a la Jurisprudencia (sentencias de los jueces que, al repetirse, llegan a tener fuerza de ley) establecida a partir de la sentencia del Tribunal Supremo de España del 28 de febrero de 2006 aplicada al etarra Henri Parot.

¿Qué es lo que hizo? Aplicó retroactivamente lo estipulado en el Código Penal de 1995 a muchos etarras que cometieron sus delitos antes de 1995 y que, por lo tanto, podían beneficiarse de las reducciones de pena ya mencionadas. Objetivo: que estos etarras y violadores no salieran de la cárcel antes de tiempo.

¿Qué dice, principalmente, la sentencia del Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo? Que, en concreto, la etarra Inés del Río ha cumplido ya su pena y tiene que salir cuanto antes de la cárcel. Que la aplicación de la Doctrina Parot (contenido del Código Penal de 1995) es aplicar una norma retroactivamente puesto que a Inés del Río se le detuvo y juzgó en 1987: antes del Código Penal de 1995, y eso va en contra de los Derechos Humanos (va en contra de el Principio de irretroactividad de las penas comentado antes).

¿Qué miedo tenemos los españoles y en concreto tienen las víctimas del terrorismo y de agresiones sexuales? Que ocurra lo mismo con otros 60 etarras y 30 violadores, puesto que se les aplicó esta Doctrina Parot habiendo cometido sus delitos antes del Código penal de 1995, y salgan en libertad con indemnizaciones debajo del brazo.

Acabo con una pequeña reflexión, creo que estamos una vez más ante una chapuza de nuestros dirigentes políticos. La sentencia del Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo será matizable en pequeños detalles que a los que no somos expertos juristas se nos escapan pero en lo principal es, por mucho que nos duela, impecable. La Doctrina Parot aplicó retroactivamente un norma penal de 1995 a delitos cometidos anteriormente para evitar que ciertos etarras y violadores redujeran sus penas por beneficios penitenciarios. Esto va en contra del Principio de irretroactividad de las penas y por tanto, de los Derechos Humanos de los presos. No hay más. Hagamos un esfuerzo y apartemos nuestros sentimientos de dolor, de venganza, de miedo, de asco hacia estos etarras y violoadores. No lo mezclemos con la Ley. Consigamos separar el corazón de la legalidad para ser lo más objetivos que podamos y reconocer que Inés del Río ha cumplido ya su condena.

Pero no nos quedemos ahí, vayamos a más, busquemos responsables: que no salgan cinco políticos diciendo que están disgustados con la Sentencia de Estrasburgo y nos despisten, que no escuchemos en la radio y en la tele cientos de periodistas y tertulianos decir lo indignados que están con Estrasburgo, lo injusto que es todo esto, decir frases como «derechos humanos para los etarras sí pero para las víctimas del terrorismo no…» y nos nublen la vista y distorsionen el pensamiento. La culpa no es de Estrasburgo, la culpa la vuelven a tener los políticos, en concreto los que nos gobernaron desde que Franco murió hasta 1995 que entró en vigor el nuevo (en ese momento) Código Penal. No abordaron el problema, no lo debieron ver prioritario o bien ciertos intereses y presiones no se lo permitieron. El caso es que no hicieron nada durante 18 años para que casos como los de Inés del Río no sucedieran.

Que nos dejen de mentir y de tomar el pelo, los únicos que tienen la culpa de lo sucedido y de lo que sucederá (van a salir a la calle muchos etarras y violadores en los próximos meses) son los que pudieron reformar el Código Penal franquista y no quisieron o no pudieron, o quizás las dos cosas: ni quisieron, ni pudieron.