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Pack 112

No es el día para hablar de 13 TV y la poca identificación que siento como católico con el «canal de la Iglesia». Eso será otro día.

Ni tampoco para expresar lo mal que me cae este tío que véis abajo. Se parece físicamente a Míchel (el futbolista) pero en vez de regatear y centrar desde la banda derecha, despotrica y enfurece masas (bueno, mini masas en realidad, menos mal…), en vez de tocarle los cataplines a Valderrama, se los toca al personal que se sienta en su sofá delante de la tele para desconectar de un día cargado de curro y preocupaciones y lo único que se encuentra es un tonillo apocalíptico constante.

De lo que quiero hablar hoy es de uno de los productos que este señor promociona en esa especie de Telediario que tienen: Pack 112. Aquí lo tenemos:

«¡Ojo, eh! ¡Más de 125.000 incendios en viviendas! con más de 1.600 víctimas!»

El paradigma de la Teoría del Miedo. Asusta y venderás. Acojona y te forrarás. Crea inseguridades y triunfarás. Toca la fibra sensible al personal y tus bolsillos llenarás.

Y si es a base de hacer creer a la gente que corren el riesgo de acabar carbonizados, pues adelante. Y si es en un espacio para dar noticias, pues mejor. Y si es en el «canal de la Iglesia», ¡pues maravilloso, qué mas da!

¡Te hacen un descuento muy bueno! ¡Qué gente más maja!

¿Cuánto dinero nos gastamos en productos y servicios que nunca llegamos a usar? ¿Cuántos los compramos o contratamos por puro miedo? ¿Quién nos lo mete? ¿Por qué nos dejamos asustar tanto? «¿A quién teméis?»

A mí, anuncios como el de abajo me dan mucha grima. No vivimos en «La casa de la pradera» pero tampoco vivimos un infierno en el que sólo podemos sobrevivir a base de asegurarnos todo, de comprarnos todo tipo de cosas… La alarma antirrobo, el seguro de la tablet, el del iphone, el spray anti-violadores, el seguro a todo riesgo, el seguro de vida, el pack 112 para incendios…

Discrepo (Parte I)

El Catecismo de la Iglesia Católica no es un texto sagrado, no es La Palabra de Dios. Por eso, cuando algún miembro de la Iglesia me mira raro cuando discrepo con partes de este texto, tengo que recordarme a mí mismo que no pasa nada por tener opiniones diferentes al Vaticano, que Dios nos hace libres y que si en las palabras y acciones de miembros de la Iglesia no veo el Amor de Dios, puedo manifestarlo. No pasa nada. No quiero menos al Pueblo de Dios, no soy un adoctrinado de El País o del Gran Wyoming… No, sólo discrepo en algunos puntos del Catecismo. En la gran parte coincido, me habla mucho de Dios, de Jesús, del Espíritu. En temas como los de la sexualidad y en concreto, la homosexualidad, discrepo. ¿Jesús diría esto de ellos? ¿Les llamaría depravados? ¿Desordenados? ¿Les negaría el Sacramento de la Eucaristía a aquellos homosexuales que tengan relaciones sexuales, de y con amor, con sus parejas, con sus maridos y mujeres? Leo y escucho muchas cosas que me hacen pensar sobre la distancia que a veces creamos los miembros de la Iglesia con la Palabra de Dios, con el Evangelio, con los actos con que Jesús nos enseñó a amar a Dios sobre todas las cosas, que no es otra forma que amando al prójimo. Y supongo que los homosexuales también son el prójimo.

«Castidad y homosexualidad (por el Catecismo de la Iglesia Católica)

2357 La homosexualidad designa las relaciones entre hombres o mujeres que experimentan (1)una atracción sexual, exclusiva o predominante, hacia personas del mismo sexo. Reviste formas muy variadas a través de los siglos y las culturas. (2)Su origen psíquico permanece en gran medida inexplicado. Apoyándose en la Sagrada Escritura que los presenta (3)como depravaciones graves (cfGn 19, 1-29; Rm 1, 24-27; 1 Co 6, 10; 1 Tm 1, 10), la Tradición ha declarado siempre que “los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl. Persona humana, 8). Son (4) contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. (5) No pueden recibir aprobación en ningún caso.

2358 Un número apreciable de hombres y mujeres presentan tendencias homosexuales profundamente arraigadas. Esta inclinación, objetivamente desordenada, constituye para la mayoría de ellos una auténtica prueba. Deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta. (6)Estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, y, si son cristianas, a unir al sacrificio de la cruz del Señor las dificultades que pueden encontrar a causa de su condición.

2359 Las personas homosexuales están (7)llamadas a la castidad. Mediante virtudes de dominio de sí mismo que eduquen la libertad interior, y a veces mediante el apoyo de una amistad desinteresada, de la oración y la gracia sacramental, pueden y deben acercarse gradual y resueltamente a la perfección cristiana.»

Acabo aclarando que a mí, como miembro de la Iglesia, del Pueblo de Dios, el Catecismo me une más que me separa al resto de cristianos católicos y a Jesús. Pero no por eso voy a dar el OK a todo el texto, voy a obedecerlo, voy a defenderlo sin más. Sus motivos tendrá el Vaticano de escribir y defenderlo pero yo también tengo mis motivos para discrepar y para criticar determinados aspectos del Catecismo. Y éstos ya los he dicho: para mí, estas palabras, estas sentencias categóricas que sin duda discriminan a personas que creo que no tienen la culpa de nada, se alejan mucho del Jesús que yo intento seguir con coherencia y radicalidad, de un Dios que nos acoge y nos quiere a todos por igual.

 

CIE

Hace ya varios años ví «The Visitor», una maravillosa película que habla sobre la amistad que un profesor de universidad  y un joven músico sirio forjan en la ciudad de Nueva York. El joven es un inmigrante sin papeles, de los que ahora señalamos con el dedo y les llamamos ilegales. Aunque con momentos muy simpáticos, la película cuenta un verdadero drama: la situación de irregularidad del joven sirio y su encarcelamiento en un CIE. ¿Y eso qué es?

Los CIEs son Centros de Internamiento de Extranjeros. En ellos viven las personas inmigrantes que no tienen en orden sus papeles y por lo tanto, tienen abierto un expediente de expulsión del territorio nacional. Es un invento de Occidente (¡qué raro!), nos viene dado desde la Unión Europea y también los hay, y muchos, en EEUU.

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Aquí en Madrid, tenemos uno. Está en Aluche (el de la foto). Aunque el Ministerio de Interior lo define como un centro de carácter no penitenciario, lo cierto es que parece una cárcel, ¿no?

Se sabe muy poco de éstos, se ve que no hay mucho interés en darles publicidad. Y eso, ¿por qué será?

Se denuncia continuamente la vulneración de los derechos en estos centros. Derechos fundamentales como el de la libertad de los internos y el de la libertad religiosa. No sólo eso: que yo recuerde, han muerto ya dos personas en nuestros CIEs españoles: la congoleña Samba Martine en Madrid y el guineano Idrissa Diallo en Barcelona. ¿Hace falta algo más para acabar con estos centros?

Esto me hace pensar sobre el mundo que estamos construyendo. A cualquier persona que huye de su país y lo deja todo, que llega a uno nuevo de manera clandestina, que no tiene absolutamente nada (supongo que miedo), que va a tener que sobrevivir, dormir en la calle, trabajar de lo que sea, aprender un idioma, mendigar… nosotros le recibimos llamándole ilegal. No tienes papeles y como te pillemos, te mandamos a un CIE. Y del CIE, de vuelta a ese país del que te querías librar.

Sé que las cosas están muy mal por aquí, que nuestro Estado de Bienestar que habíamos montado se nos está viniendo abajo pero todas las personas del mundo tenemos unos derechos mínimos que nos tienen que respetar y bajo ese criterio nadie debe ser ilegal, a nadie se le debe negar el derecho a la sanidad y nadie debe ser internado en un CIE por no tener los papeles en regla.

Las personas que hoy desbordan el CIE de Aluche no tienen ninguna culpa. A ellos no les preguntaron dónde querían nacer, simplemente les tocó ese lugar. Ahora huyen de él. Suficientemente injusto es esta situación. No la agrandemos aún más señalándoles con el dedo, metiéndoles en estos centros, llamándoles ilegales, cerrándole la puerta de nuestros ambulatorios y hospitales.

Tenemos una obligación moral con estas personas, tomémonosla en serio.