Viajar a los márgenes para volver al centro (2ª parte)


AUTOR: JOSÉ MARÍA RODRIGUEZ OLAIZOLA SJ

 

Tres salidas incompletas

Uno podría decir que no hay que experimentarlo todo para poder hablar de ello. Y que en realidad ya sabemos que existen fracturas en nuestro mundo, que hay pobres, que hay millones de niños que mueren de hambre, que faltan vacunas, que en determinados contextos las minas antipersonales mutilan a la población, que hay prostitución infantil o que millones de personas trabajan en condiciones indignas para que grandes empresas puedan ofrecernos sus productos a precios competitivos. Podríamos seguir describiendo tragedias. Ya sabemos que existen, ¿no? ¿Es que necesitamos acercarnos para hurgar en la llaga? ¿Es que tenemos que mirar el dolor cara a cara? ¿No es esto una especie de voyeurismo del sufrimiento ajeno?

Démosle la vuelta al argumento. ¿Por qué es necesario el contacto real? ¿Por qué, en la mayoría de los casos, no basta con saber? Creo que, en parte, es por la cultura mediática y audiovisual. Hoy en día, todo aquello que nos llega a través de los medios de comunicación pierde fuerza o se homogeneíza. No es lo mismo ver cómo los periodistas del programa «Callejeros» se adentran en una barriada marginal, por más realista que sea el enfoque que dan, que encontrarse uno cara a cara con esa misma realidad. No es lo mismo oír hablar de la violencia doméstica que conocer a una mujer maltratada que te cuenta su historia. ¿Debería ser lo mismo? No lo sé. El caso es que, en la mayoría de los casos, las entrañas se nos remueven en el contacto real con personas. Por eso «la salida mediática» es, en la mayoría de los casos, incompleta. Está demasiado expuesta a la rutina, a la sucesión de discursos alternativos, a la variación. Es muy difícil que deje huella.

En cuanto a «la salida intelectual»… es necesaria, pero insuficiente. Creo que en nuestra cultura ha de complementarse con la salida emocional. Y ésa es muy difícil que se produzca en los libros, en las cifras o en los datos macroeconómicos. Para que una salida sea emocional ha de implicar mucho más a las personas. Y en ese sentido el viaje, al cortar, aunque sea momentáneamente, las seguridades habituales, y ponerte en contacto con personas de carne y hueso, lo hace. Cabría aún un peligro, y es justo lo contrario de lo anterior. Es lo que puede ocurrir si a la emoción no se le pone cabeza: «la salida emotiva», que únicamente provoca sentimientos, pero no conduce a una reflexión honesta y a la búsqueda de respuestas más allá del sentimiento inmediato, es también insuficiente. El viaje, para que eche raíces, necesita corazón y cabeza.

mundo

¿Hasta qué punto «el viaje solidario» es salir?

Hasta aquí tal vez no haya demasiado desacuerdo. Lo de romper fronteras, abrir los ojos a una realidad más amplia y empaparse de ella posiblemente suscite bastante aceptación. La cuestión es hasta qué punto esos viajes al extranjero, esas estancias de unas semanas en otros contextos, pueden realmente considerarse como salidas. ¿No son, tal vez, una forma de escaparate? ¿No recuerdan a quien se asoma al balcón, desde donde participa un poco del bullicio de la calle, pero a una distancia de seguridad? Ahí está el punto delicado. ¿Hay que «viajar» para descubrir lo que hay fuera? ¡Si ya lo sabemos…! Basta con leer un dossier con datos sobre la pobreza en el mundo o ver una noticia en el telediario sobre la enésima tragedia que asola alguna región del tercer mundo para recordarlo. ¿Quieres ser consciente del hambre que mata a millones de niños cada año? En Internet puedes encontrar abundantes imágenes y reportajes. ¿Necesitas oír los llantos en directo para creértelo un poco más? Son preguntas duras, pero no se pueden desechar sin más. El contacto real, inmediato, directo, con personas, historias y situaciones distintas aporta un principio de realidad que es más difícil –no imposible– de asumir cuando nos asomamos a las mismas personas, historias y situaciones desde una distancia mediática. Y el salir de los terrenos en los que uno se mueve como pez en el agua, porque los conoce, los domina y los entiende, puede volver a las personas más permeables, tal vez también más vulnerables, más capaces de dejarse convertir. Por eso el buscar ese encuentro puede tener sentido.

En cualquier caso, más que hacer afirmaciones tajantes y absolutas, habrá que intentar ver en qué casos esos paseos se convierten en salidas reales. Vamos a dejar al margen la cooperación de larga duración, asumiendo que ahí el nivel (temporal) de compromiso ya implica una dinámica distinta. Centrémonos en esos tiempos cortos, de meses. ¿Qué habría que buscar en esas experiencias? Propongo en los siguientes párrafos algunas reflexiones en torno a esta cuestión.

Primero. Las salidas empiezan cerca. Creo que hay que pensar en círculos concéntricos. Hay suficiente realidad complicada, gente sola, situaciones problemáticas en contextos cercanos, en nuestras mismas ciudades, en nuestros barrios. En ese sentido, la primera ruptura de las barreras ha de ser mucho más inmediata. Abrir los ojos pasa por mirar alrededor –no demasiado lejos– y aprender a detectar ahí las risas y llantos, el hambre de las personas (a veces de pan, y otras de compañía). Esa primera salida no es espectacular, no es estruendosa, pasa bastante desapercibida… y, sin embargo, es la que empieza a marcar una diferencia. Al encontrar a un prójimo distinto, es posible que se despierten en uno inquietudes, preguntas, alguna que otra desazón.

Agentes de pastoral, catequistas, educadores en los colegios… suelen incentivar experiencias de voluntariado, jornadas de encuentro de los jóvenes con gente de colectivos más golpeados, campañas solidarias en determinadas épocas… Todo eso es un primer paso. Y es necesario. Abrir los ojos. Derribar alguna que otra barrera. Ayudar a hacer visible lo que para muchos es invisible. He ahí el punto de partida del viaje. Y empieza en casa.

Segundo. Sólo entonces, cuando uno empieza a abrirse como el surco en la tierra, a removerse por dentro, a descubrir nuevos rostros, historias y categorías, cabe empezar a pensar en círculos más amplios (y más lejanos). Solo entonces merece la pena pensar en marchar a otra ciudad o a otro país, al encuentro de gente que está en situaciones distintas. Para abrirse a la desproporción. Para cobrar una perspectiva diferente. Para entender las heridas profundas que atraviesan nuestro mundo.

Tercero. Si es posible, es bueno acompañar esas salidas primeras, ya sean cerca o lejos. Ayudar a las personas a hacer una lectura con cierta hondura. No basta con quedarse en el terreno del sentimiento o la primera impresión («¡qué bien!», «¡qué mal!», «¡qué fuerte!», «¡qué impresionante!»…). Es necesario ayudar a las personas a hacer una interpretación en la que entren también categorías de responsabilidad, oportunidad, compromiso, solidaridad. Y desde la fe, es bueno ayudar a hacer una lectura creyente de las mismas experiencias: ayudar a entender dónde hay pecado, dónde misericordia, dónde fraternidad, dónde llamada, dónde misión.

Cuarto. Existe, y es muy real, el peligro de consumir experiencias, consumir emociones –sí, también emociones sociales– y, si se me permite la dureza del concepto, consumir pobrezas ajenas. Acercarse a la vida de los más golpeados ha de hacerse como Moisés: descalzándose ante terreno sagrado. La actitud de quien se acerca a ciertos contextos no puede ser la del «salvador» del mundo que e piensa que va a hacer milagros; ni la del turista que viene a hacer fotos bonitas para después presumir de haber estado en el tercer mundo colaborando; ni la del paseante que, lo mismo que mira un escaparate, se asoma al dolor ajeno. No debe ser la del bloguero veloz que, tras dos días en un país, parece que ya es experto en sociopolítica internacional. Cuando uno se aproxima a realidades distintas, es para encontrar, encontrarse y aprender.

Encontrar otras vidas, otras historias, otras situaciones. Escuchar, si es posible, relatos que ponen mucha luz en la propia vida. Ver desde un horizonte más amplio, que ayuda a relativizar los propios absolutos y a comprender un poco mejor el valor de las cosas. Escuchar de tal manera que lo que uno oye penetre en la propia vida, implicarse afectivamente, relacionarse con personas, no con etiquetas. Acoger en la propia vida otras vidas. Historias de aquellos que, si no están para quedarse en persona, sin embargo sí están para quedarse en las entrañas, en la memoria y en el corazón.

Encontrarse uno a sí mismo. Es decir, encontrar la propia verdad. La propia verdad que a veces arruga la nariz ante el mal olor ajeno, que añora la comodidad en cuanto falta, que reconoce que la perspectiva de volver a casa es un alivio. Que duda sobre la utilidad de intentar hacer algo. Que teme que a la vuelta todo sea igual en la propia vida. Pero que también se pregunta por lo que es posible, que anhela construir, vivir de otra manera, actuar conforme a valores que no están demasiado en boga. Que se pregunta qué papel le toca a uno vivir en este mundo complejo y a veces herido.

Aprender. De esto se trata. Cargar la propia historia de un horizonte diferente, en el que caben otras posibilidades y otras responsabilidades. Descubrir una perspectiva más amplia que ayude a formular mejor el sentido de la propia vida.

Quinto. Evidentemente, no todo viaje es «salida». Uno puede pasar por los lugares sin que los lugares le dejen huella. La distinción entre turistas y peregrinos es ya casi un clásico en la sociología contemporánea. Uno puede tocar la superficie de las cosas y de las vidas sin que el contacto suponga mucho más que un leve roce que deja poca memoria y que pronto desaparece. Entonces no hay encuentro ni aprendizaje. El viaje, para conducir al encuentro, ha de exponer a quien sale. Ha de dejarle, de algún modo, a la intemperie. Ha de hacerle vulnerable.

Desde este punto de vista, hay algunas cuestiones que ayudan más, y otras que ayudan menos. Ir en grandes grupos, de entrada, plantea más problemas, pues es posible entonces mantenerse en la seguridad de lo conocido y los conocidos. En cambio, cuanto más solo vayas, tantas más posibilidades tienes de zambullirte en la realidad que vas a encontrar.

Sexto. Así como otro tipo de viajes dura lo que dura la estancia en la tierra visitada, es importante que, al salir al encuentro del prójimo más roto, el viaje tenga «continuidad». Y la continuidad es darse tiempo para reposar las emociones, probablemente intensas, que el viaje provoca. Permitir que dejen una huella. Aprender a preguntarse qué queda de lo vivido. Extraer conclusiones, si es posible, bien meditadas y no demagógicas. Una continuidad que tenga consecuencias para la propia vida, en cuanto a opciones, dinámicas personales, sensibilidad…

En este punto existe el peligro, como en tantas otras experiencias pastorales, de la pasión primera, que pronto se enfría. Es fácil volver removido, conmovido y, a veces, inquieto. Es posible también caer entonces en declaraciones altisonantes, descalificaciones muy tajantes de lo propio, de «la manera en que vivimos aquí…». Sin embargo, es mucho más necesaria una pasión discreta, más sencilla de entrada, y más cultivada en el tiempo. Sin mitificar lo vivido ni demonizar lo propio. Aprender a entrelazar ambas realidades. Pensar en los puentes reales que se pueden generar. Y, sobre todo, no olvidar.

Séptimo. Hay un argumento contra este tipo de viajes que me parece importante considerar, y es el desembolso económico que suponen. Hay quien considera que sólo esta cuestión ya invalidaría, por incoherente, cualquier iniciativa de este tipo. Si se compara el precio de un billete de avión con los ingresos de la gente con la que se va a trabajar, el gasto resultaría desproporcionado. En este punto, creo que es importante definirse más claramente. Personalmente, creo que quienes sostienen ese argumento suponen que el dinero, de otro modo, iría al mismo destino (algo que no es cierto). Y, por otra parte, si consideramos el posible crecimiento personal y humano de la persona que pasa por un viaje así, a veces puede merecer la pena. Ahora bien, precisamente por todo lo que implica, uno no puede vivir alegremente saltando de experiencia en experiencia. Hay cosas que tienen sentido muy pocas veces en una vida. Después se requiere otro tipo de compromisos. Pero ése es, precisamente, el proceso de aprendizaje del que estoy intentando hablar.

En todo caso, es importante caer en la cuenta de esa dimensión económica. Por parte de quien puede permitírselo, porque al «darse cuenta» del precio de las cosas empieza una conversión muy concreta que entrelaza los grandes ideales con lo más material. Y por parte, también, de quienes ofrecen o posibilitan, en contextos pastorales, este tipo de actividades, porque tendrán que buscar formas de no reducirlas a una alternativa elitista reservada a quien pueda pagarla.

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